Jesús nos enseña el secreto que hace todo posible.

Jesús nos enseña la Fe.

La Fe es creer en Dios: que Él es Uno y Único, y que no hay nada fuera de Él.

Por eso: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todas tus fuerzas». Esto es lo que deberás grabar en tu mente y en tu corazón, y enseñar a quienes te rodean.

Todos los días de tu vida trabajarás en acrecentar tu Fe, para que llegue a ser como un grano de mostaza.

Porque cuando la Fe crece en ti, lo que parecía imposible comienza a perder sus límites.

Y nada te será imposible.

 

La fe que mueve montañas

Hay una enseñanza escondida en las palabras de Jesús que puede pasar desapercibida: la montaña no comienza a moverse cuando luchamos contra ella, sino cuando cambia aquello desde donde la estamos mirando.

Jesús habla de una fe semejante a un grano de mostaza. No habla de cantidad, sino de potencia. Una semilla es pequeña, pero contiene dentro de sí aquello que todavía no podemos ver. Su tamaño no revela su capacidad.

Así también ocurre con la Fe.

Desde la sabiduría de la cábala, podríamos comprender la Fe —la Emuná— como una forma de certeza interior que nos permite reconocer que la realidad visible no es toda la realidad. Hay una dimensión más profunda de la existencia, un orden que permanece oculto detrás de aquello que nuestros sentidos alcanzan a percibir.

Cuando creemos únicamente en lo que vemos, nuestra conciencia queda encerrada dentro de los límites de lo evidente. Pero cuando desarrollamos Emuná, comenzamos a relacionarnos con la realidad desde otro lugar: ya no desde el miedo a lo que falta, sino desde la certeza de que existe una Fuente de la cual todo procede.

La cábala enseña que nada está separado de la Fuente. Todo recibe su existencia del Ein Sof, el Infinito. Por eso, la verdadera transformación no consiste en intentar controlar la realidad desde el ego, sino en transformar el recipiente que recibe la Luz.

Y aquí aparece el secreto de la enseñanza de Jesús.

La montaña puede representar aquello que nuestra propia conciencia ha declarado imposible: una circunstancia, un miedo, una limitación, una identidad, una historia que repetimos hasta convertirla en verdad.

Pero aquello que parece una montaña frente a nosotros puede ser, en realidad, una estructura sostenida por nuestra manera de mirar.

La Emuná comienza a romper esa estructura.

No porque la Fe sea una fantasía que niega la realidad, sino porque nos permite dejar de confundir lo que es con lo que creemos que puede llegar a ser.

Por eso Jesús utiliza la imagen de la semilla.

La semilla no necesita demostrar que será un árbol. No necesita ansiedad. No necesita convencer a nadie. Simplemente contiene en silencio el potencial de aquello que todavía no se manifiesta.

Así debería crecer nuestra Fe.

No como una exigencia de obtener inmediatamente lo que deseamos, sino como una certeza interior que nos permite actuar antes de que aparezca la evidencia.

En términos de cábala, podríamos decir que la conciencia se convierte en un kli, un recipiente capaz de recibir el Shefa, el flujo de vida que procede de la Fuente. Cuando el recipiente está dominado por el miedo, la culpa y la duda, nuestra percepción se contrae. Cuando se abre mediante la Emuná, nuestra capacidad de recibir, comprender y actuar se transforma.

Entonces comprendemos algo esencial:

la Fe no mueve solamente la montaña; primero mueve al ser que está frente a ella.

Y cuando cambia el ser, cambia su manera de pensar, de sentir, de decidir y de actuar. Lo que antes parecía imposible comienza a adquirir una nueva posibilidad.

Quizá por eso Jesús no dice que necesitamos una fe enorme.

Dice que basta con una fe como un grano de mostaza.

Porque no necesitas tener todas las respuestas.
No necesitas conocer todo el camino.
No necesitas ver el árbol dentro de la semilla.

Solo necesitas conservar dentro de ti la certeza de que la semilla contiene algo que tus ojos todavía no pueden ver.

Eso es la Emuná.

Creer en Dios no es solamente afirmar que Dios existe. Es vivir reconociendo que no hay nada fuera de Él.

Y cuando esa certeza deja de ser una idea para convertirse en conciencia, comienza el verdadero milagro: ya no miras la montaña preguntándote cómo podrás vencerla.

La miras sabiendo que ella no tiene la última palabra.

 


Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,14-20):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: «Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques; muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo.»
Jesús contestó: «¡Generación perversa e infiel! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo.»
Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño.
Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?»
Les contestó: «Por vuestra poca fe. Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible.»

Palabra del Señor.

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