
Dios es Dios de todos.
Por eso ha enviado a Jesús al mundo, para mostrarnos el camino de regreso a casa, al Reino de los Cielos.
Permanece alegre y agradecido siempre. Da gracias a Dios, porque Él lo sabe todo. Agradece incluso en los momentos difíciles, pues todo obra para tu bien. Y si has caído y has pecado, levántate sin demora y vuelve al camino del Señor, porque Dios es bueno y misericordioso, y su deseo es que vivamos en alegría, conscientes de su Reino. Por eso, busca primero siempre al Señor.
Recuerda que solo una cosa es verdaderamente importante: la vida eterna. Vive esta vida material sostenido por la vida espiritual, y disfruta sanamente del don de existir.
Sigue a Jesús.
¿Aceptas esta invitación a la felicidad?
Seguir a Jesús es escucharlo para conocer su verdad y, al mismo tiempo, ser escuchados por Él.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,27-32):
En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
«Sígueme».
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús:
«¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?»
Jesús les respondió:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».
Palabra del Señor.
Dios es Dios de todos
Dios es Dios de todos, y en ese misterio infinito se revela un amor que no excluye, que no selecciona, que no levanta muros. Por eso ha enviado a Jesús al mundo: para abrir las puertas del Reino de los Cielos a toda alma sedienta, para mostrar el camino de regreso a casa, allí donde la Luz no se apaga y la misericordia no conoce fronteras.
Desde la sabiduría de la cábala, comprendemos que toda la creación es un entramado de luces y vasijas, de chispas divinas dispersas que buscan ser elevadas. Cada ser humano porta dentro de sí una centella sagrada que anhela volver a su Fuente. Pero muchas veces esa chispa queda atrapada en la densidad del mundo, envuelta en capas de olvido, temor y confusión. Y ese olvido —esa desconexión del sentido espiritual— puede ser comprendido como una enfermedad del alma.
Así, la falta de conocimiento espiritual no es simple ignorancia: es un exilio interior. Es vivir lejos del propio centro, lejos del propósito, lejos de la conciencia del Reino. Por eso Jesús dice que no ha venido a buscar a los justos, sino a los pecadores. No porque unos sean mejores que otros, sino porque algunos ya han recordado, mientras otros aún caminan en la penumbra. El médico no visita al sano, sino al enfermo; y el alma herida clama silenciosamente por sanación.
Jesús es enviado como medicina de la Luz, como bálsamo para las grietas del espíritu. Él no solo anuncia el Reino, sino que enseña cómo habitarlo desde ahora. Sus palabras son senderos, sus gestos son llaves, su vida es el mapa secreto que conduce al Árbol de la Vida. En cada enseñanza, revela los principios básicos de los mandatos divinos: amar, perdonar, confiar, compartir, servir, vivir en verdad. No como una carga, sino como la arquitectura invisible que sostiene la armonía del universo.
Cumplir estos mandatos no es obedecer una ley externa, sino alinearse con el flujo de la Luz. Es permitir que la shejiná repose en la morada interior. Es realizar el tikkún del alma, restaurando lo que fue fragmentado por el miedo, la culpa y el ego. Y en esa restauración, el ser humano deja de vivir en el infierno —ya sea como estado emocional de angustia o como estado espiritual de desconexión— y comienza a experimentar el Reino como una realidad viva, palpitante, presente.
El infierno no es solo un lugar futuro: es un estado de conciencia. Es la vida vivida sin sentido, sin propósito, sin vínculo con lo eterno. Es la separación de la Fuente. Pero el Reino también es ahora: es la conciencia despierta, la paz interior, la certeza de ser amado, la confianza profunda en que todo tiene un propósito oculto que se va revelando paso a paso.
Jesús, al sentarse con los rechazados, con los heridos, con los señalados, nos revela el rostro más alto de Dios: un Padre que no se avergüenza de sus hijos, un Creador que no abandona sus obras. Él desciende a los abismos para rescatar las chispas perdidas, para recordarnos que nadie está fuera del alcance de la misericordia, que nadie está condenado a permanecer en la oscuridad.
Dios es Dios de todos. Y por eso, su Reino es una casa de puertas abiertas. Un hogar donde cada alma puede regresar, sanar, recordar quién es y para qué fue creada. Jesús es el umbral de ese regreso, el camino trazado con compasión, la voz que susurra al corazón extraviado: vuelve, aún estás a tiempo.
Y en ese volver, el alma despierta, la herida sana, la noche se vuelve aurora, y el ser humano comprende que vivir conforme a la Luz no es renunciar a la vida, sino aprender, al fin, a vivirla en plenitud.