
Jesús nos ha enseñado, con su ejemplo de vida, la fuerza del amor, un amor que crece cada vez más cuando lo transmitimos con nuestro propio testimonio, llevando a Jesús dentro de nuestros pensamientos, palabras y acciones.
Recibe a Jesús en tu corazón, y su Santo Espíritu te acompañará todos los días, hasta el fin del mundo.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (28,16-20):
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»
Palabra del Señor.
El Reino que habita dentro de ti
Cuando Jesús se acerca a sus discípulos en el monte de Galilea y les dice: “Vayan y hagan discípulos a todas las naciones”, está revelando un misterio profundo del Reino de Dios. No es solamente una orden para predicar; es una apertura espiritual del alma humana hacia su propósito eterno. En la sabiduría de la cábala, el mundo material no fue creado para permanecer separado de Dios, sino para convertirse en morada de Su presencia. Cada acto de amor, cada palabra de verdad y cada pensamiento alineado con la voluntad divina eleva las chispas de luz escondidas en la creación.
Por eso Jesús enseña con autoridad: porque en Él habita la unión perfecta entre el cielo y la tierra. Él revela el camino del hombre restaurado, del alma que vuelve a conectarse con la Fuente eterna. Cuando dice: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”, está mostrando un secreto espiritual inmenso: la presencia divina nunca abandona al alma que vive en comunión con Dios.
La cábala enseña que el ser humano fue creado para ser recipiente de la luz divina. Pero el ego, el pecado y el apego excesivo al mundo material oscurecen ese recipiente. Jesús vino a enseñarnos cómo purificar el corazón para que la luz vuelva a fluir dentro de nosotros. Por eso su mensaje no transforma únicamente la conducta; transforma la conciencia. Él no vino solo a crear creyentes, sino seres humanos despiertos espiritualmente, capaces de manifestar el amor de Dios en la tierra.
Cuando Jesús envía a sus discípulos a bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, también está revelando una armonía celestial. En la profundidad espiritual, el Padre representa la fuente infinita de toda existencia; el Hijo, la manifestación visible de la verdad divina en el mundo; y el Espíritu Santo, la fuerza viva que mueve el alma hacia la santidad. Es el flujo de la luz divina descendiendo desde lo alto hasta el corazón humano.
Por eso la verdadera fe no consiste únicamente en conocer palabras sagradas, sino en permitir que Dios transforme nuestra manera de pensar, sentir y actuar. Cada vez que una persona perdona, ama, ayuda al necesitado o busca la verdad con sinceridad, está expandiendo el Reino de Dios sobre la tierra. Allí donde habita el amor verdadero, la presencia de Dios se manifiesta.
Jesús también revela que el alma no fue creada para caminar sola. El miedo, la angustia y la oscuridad interior aparecen cuando el hombre se desconecta espiritualmente de Dios. Pero quien vive unido a Cristo comienza a experimentar una paz que no depende de las circunstancias externas. Esa paz nace de saber que el Creador acompaña cada paso del camino.
La misión que Jesús entrega a sus discípulos sigue viva hoy. Cada persona que lleva esperanza al que sufre, cada alma que transmite luz en medio de la oscuridad, cada corazón que vive según la voluntad de Dios, continúa esa obra sagrada. Evangelizar no es únicamente hablar de Jesús; es permitir que Jesús viva dentro de nosotros hasta que nuestras acciones reflejen Su amor.
La cábala enseña que las palabras tienen poder creador. Por eso Jesús habla con autoridad, porque sus palabras contienen vida espiritual. Cuando repetimos palabras de fe, de amor y de bendición, también transformamos nuestro interior. El alma comienza a elevarse y el corazón se vuelve más sensible a la presencia divina.
El monte donde Jesús entrega esta enseñanza representa también una elevación espiritual. En la tradición mística, subir al monte simboliza elevar la conciencia por encima de lo puramente material para contemplar la realidad desde la perspectiva de Dios. Allí el hombre comprende que su vida terrenal es pasajera, pero que el alma tiene un destino eterno.
Jesús nos llama a vivir como portadores de luz. No una luz nacida del orgullo humano, sino una luz que proviene del amor de Dios. Cuando el Espíritu Santo habita en el corazón, la persona empieza a irradiar paz, sabiduría, compasión y verdad. Esa es la verdadera transformación espiritual.
Por eso no temas al camino. Aunque existan pruebas, oscuridad o momentos de desierto, Jesús permanece presente. Él acompaña al alma que busca sinceramente a Dios. Y mientras más permitas que Su amor habite en ti, más se abrirán tus ojos espirituales para comprender los misterios del Reino.
El mensaje final de este evangelio es una promesa eterna: Dios no abandona a quienes caminan hacia Él. Su presencia sigue viva, guiando silenciosamente el corazón de quienes deciden vivir en amor, verdad y santidad.