
Jesús nos invita a seguirlo, dejando atrás nuestra antigua manera de pensar para abrazar una vida de amor, de acuerdo con la Palabra de Dios.
Cargar la cruz es aceptar que todo lo que acontece en nuestra vida forma parte de la voluntad de Dios. Recíbelo todo con amor, porque incluso aquello que no comprendemos participa de su propósito.
Por eso, da gracias a Dios en todo momento y en todo lugar, aceptando con fe que todo sucede conforme a su voluntad. Esa es la certeza que transforma el corazón y nos permite vivir en el amor.
Recibe a Jesús, pon en práctica sus enseñanzas y vive con verdadera paz interior.
La cruz que libera al alma
Hay una paradoja que atraviesa toda la enseñanza de Jesús: para encontrar la vida, primero hay que estar dispuesto a perder aquello que creemos ser. A primera vista parece una contradicción, pero la sabiduría de la cábala revela que es el principio mismo de la transformación interior.
El mayor obstáculo del ser humano no es el sufrimiento, sino la ilusión de creer que puede gobernar la realidad desde su voluntad. El ego desea controlar, comprender y poseer; el alma, en cambio, ha venido a aprender a confiar. Mientras uno se aferra a lo que quiere que suceda, la otra descubre que todo cuanto acontece puede convertirse en un camino hacia la Luz.
Por eso Jesús habla de tomar la cruz. No como una invitación al dolor, sino como la disposición a abrazar la vida tal como llega. La cruz representa todo aquello que desafía nuestras expectativas: la espera, la pérdida, el silencio de Dios, los cambios que no elegimos y las circunstancias que el ego rechaza. Precisamente allí comienza el verdadero trabajo espiritual.
La cábala llama tikún a ese proceso de corrección del alma. Cada acontecimiento es una oportunidad para desprendernos de una capa más del ego y permitir que la Luz encuentre espacio en nuestro interior. No es Dios quien necesita cambiar nuestra realidad; somos nosotros quienes necesitamos dejar de resistirnos a ella.
La resistencia fortalece las kelipot, esos velos que ocultan la presencia divina. La aceptación, en cambio, abre el corazón al Shefa, el flujo de la abundancia espiritual. Entonces comprendemos que la paz no nace cuando desaparecen los problemas, sino cuando dejamos de luchar contra la voluntad del Creador.
Jesús afirma que quien quiera salvar su vida la perderá, y quien la entregue por Él la encontrará. La cábala nos permite escuchar estas palabras desde una dimensión más profunda: lo que debe morir no es la vida, sino la identidad construida por el miedo, el orgullo y la necesidad de controlar. Solo cuando ese personaje se desvanece comienza a manifestarse el ser auténtico, aquel que siempre ha permanecido unido a Dios.
La emuná es precisamente esa certeza. No consiste en esperar explicaciones, sino en descansar en la convicción de que la Luz nunca abandona su obra, aun cuando nuestros ojos todavía no puedan reconocerla.
Seguir a Jesús es recorrer el camino del alma. Es aprender a responder con amor donde antes reaccionábamos con miedo; confiar donde antes buscábamos controlar; agradecer donde antes había resistencia. Y es en ese cambio de conciencia donde la cruz deja de ser un peso para convertirse en un puente.
Porque el Reino de Dios no aparece cuando el mundo cambia. Se revela cuando el corazón deja de oponerse a la realidad y aprende a reconocer, incluso en medio de la incertidumbre, la presencia silenciosa de la Luz.
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Lectura del santo evangelio según san Mateo (16,24-28):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del hombre con majestad.»
Palabra del Señor.