Jesús nos enseña que su amor es para todos, así como la misericordia de Dios, quien es todopoderoso y puede cambiar el rumbo de nuestras vidas.

Es momento de comenzar a desear cosas buenas. Comencemos por cultivar pensamientos positivos, oremos con fe y tomemos acción con confianza. Si esa es la voluntad de Dios, así será.

Para recibir lo que pides, recuerda todo lo que Jesús te ha enseñado. Y, en el momento de la prueba, tan solo di:

Jesús, todo es posible para ti.
Jesús, todo es posible para ti.
Jesús, todo es posible para ti.

 

La fe que abre las puertas de la realidad

Hay momentos en los que la realidad parece decirnos que no. Las circunstancias se vuelven adversas, las puertas parecen cerrarse y la mente comienza a sembrar dudas. Sin embargo, Jesús nos revela que existe una fuerza más grande que cualquier obstáculo: una fe que permanece firme aun cuando todavía no puede ver el resultado.

La cábala enseña que la Luz del Creador nunca deja de fluir. Lo que muchas veces impide que esa abundancia se manifieste no es la ausencia de la bendición, sino los velos de nuestra propia conciencia. El miedo, la culpa, la sensación de no ser dignos o la desesperación actúan como kelipot, capas que ocultan la Luz que ya está disponible para nosotros.

La mujer cananea no permitió que esos velos gobernaran su corazón. Su conciencia permaneció unida a la certeza de que la misericordia de Dios era mayor que cualquier límite. Por eso Jesús no solo escuchó su petición; reconoció la grandeza de su fe. Ella ya vivía interiormente aquello que todavía no podía contemplar con sus ojos.

Esa es una de las leyes espirituales más profundas: la realidad exterior comienza a transformarse cuando primero cambia la realidad interior. La verdadera fe no consiste en esperar para creer, sino en creer antes de ver. Es vivir desde la certeza de que Dios ya conoce el momento perfecto para cada cosa y que su voluntad siempre busca el bien del alma.

Cuando dejamos atrás la culpa, el resentimiento y la idea de que no merecemos recibir, nuestro corazón se abre a la abundancia divina. Entonces la oración deja de ser una súplica nacida del miedo y se convierte en una expresión de confianza. Ya no pedimos desde la carencia, sino desde la convicción de que el Creador sostiene nuestra vida y obrará conforme a su perfecta voluntad.

Pensar que ya se ha concedido aquello que presentamos en oración no significa imponer nuestra voluntad sobre Dios. Significa descansar en la certeza de que Él ya ha respondido de la mejor manera posible, aunque todavía no comprendamos cómo o cuándo se manifestará. La fe no obliga a Dios; nos une a Él.

Por eso Jesús nos invita a cultivar una fe viva: una fe que transforma nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones. Porque quien aprende a vivir desde esa certeza deja de caminar guiado por el temor y comienza a vivir en la paz de quien sabe que, para Dios, todo es posible.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (15,21-28):

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.»
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor.

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