
Cada quien da lo que tiene en su corazón y es reflejo de su fe.
Quien tiene amor da amor; quien no tiene amor, no puede dar amor.
Ahora que te afanas por lo material, debes saber que todo lo que tienes es una dádiva de tu Creador, quien te provee de todo lo que tu alma necesita en este mundo material para su corrección. Tu prueba en este mundo está en confiar en que todo es de Dios y que es Dios quien provee, siendo la prueba más dura para el rico, que no es capaz de compartir y solo da lo que le sobra, mientras que la prueba para el pobre es arrodillarse ante Dios por su sustento sin codiciar lo del rico. El pobre que da lo que tiene es porque confía en el Señor.
Debes saber que lo que te está destinado te llegará, y lo que debas tener lo tendrás, así como lo que debas perder lo perderás. Entonces, no te preocupes al dar caridad, porque al final se te compensará. Ten la certeza de que la caridad te salva de la muerte.
Está escrito en Tobías 12:9: «La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado. Los limosneros tendrán larga vida».
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Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,38-44):
En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»
Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales.
Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»
Palabra del Señor.
El valor oculto de la ofrenda
Jesús nos enseña que Dios no mira las apariencias ni la cantidad de nuestras obras, sino la intención que habita en el corazón. Mientras los escribas buscaban el reconocimiento de los hombres y los ricos daban de lo que les sobraba, una viuda pobre entregó dos pequeñas monedas y recibió la aprobación del cielo.
La sabiduría de la cábala nos enseña que el universo fue creado sobre el principio de dar. Dios es el Dador Supremo y toda la creación existe para aprender a parecerse a Él. Por eso, el verdadero valor de una acción no se encuentra en lo que se ve externamente, sino en la transformación interior que produce en el alma.
La viuda entregó poco a los ojos del mundo, pero mucho a los ojos de Dios, porque entregó desde la confianza. Aquellas monedas representaban su sustento, su seguridad y su futuro inmediato. Al ofrecerlas, declaró con sus actos que su verdadera confianza no estaba en el dinero, sino en el Creador que sostiene todas las cosas.
Del mismo modo, cuando damos caridad, tiempo, amor o ayuda a los demás, no estamos empobreciéndonos; estamos corrigiendo el deseo egoísta que nos hace creer que somos dueños de lo que poseemos. En realidad, todo proviene de Dios y todo vuelve a Él. Somos administradores temporales de las bendiciones que recibimos.
Por eso la prueba del rico es aprender a compartir sin apego, comprendiendo que la abundancia le fue confiada para servir. Y la prueba del pobre es confiar en la providencia divina sin permitir que la envidia o la codicia entren en su corazón. Ambos caminos conducen a la misma corrección: reconocer que Dios es la fuente de todo bien.
La caridad tiene el poder de salvar porque rompe las cadenas del ego y abre canales para que la misericordia divina fluya sobre el alma. Quien da con fe declara que su sustento no depende de sus posesiones, sino de Dios. Por eso la viuda fue más rica que todos los demás, pues poseía el tesoro más grande que puede alcanzar un ser humano: una confianza absoluta en el Señor.