Jesús, si quieres, puedes sanarme.
De tu confianza depende tu sanción.

Si te dejas amar por Jesús y cumples sus mandamientos, verás milagros.
Acércate con humildad, suplicando de rodillas y vaciando tu corazón de todo egoísmo, ira, envidia y autocompasión.

¿Quieres ser sanado?
Haz la siguiente oración con fe:

Señor Jesús, hoy vengo a ti con todas mis iniquidades, porque necesito de tu gracia.
Señor, si quieres, sáname de mi soberbia, de mi egoísmo, de mi vanidad y de mi indiferencia.
Señor Jesús, sana mi corazón y muéstrame tu amor.

Emunah: el umbral de la sanación

El leproso no pide explicaciones, no exige garantías, no negocia con el cielo. Se acerca con una frase desnuda y absoluta: “Si quieres…”. En esa rendición total habita la emunah, la fe verdadera según la cábala: no la fe que pretende controlar a Dios, sino la fe que se abandona a Su voluntad.

La cábala enseña que la sanación no comienza en el cuerpo, sino en los kelim, los recipientes del alma. Cuando el corazón está lleno de soberbia, resentimiento o autocompasión, la luz no tiene dónde posarse. Por eso, antes del milagro, hay un vaciamiento. El leproso se arrodilla porque comprende un secreto eterno: solo el que se hace pequeño puede recibir la Or Ein Sof, la luz infinita.

La lepra no es solo una enfermedad externa; es símbolo de una desconexión interna, de un alma fragmentada. La cábala la asocia al daño del habla, al ego que separa, a la ilusión de autosuficiencia. Sanar, entonces, no es solo ser limpiado, sino ser reintegrado. Volver al flujo de la vida divina.

Jesús toca al impuro. Ese gesto revela una verdad profunda: cuando la emunah es auténtica, la luz desciende incluso a los lugares que el mundo teme tocar. La misericordia rompe las barreras de la severidad (din) y restablece el equilibrio con la bondad (jesed). Allí ocurre el tikkun, la reparación del alma.

Pero el relato no termina en la sanación. El silencio pedido es una enseñanza mística: no toda luz debe proclamarse. La cábala recuerda que hay revelaciones que se preservan en el interior para que maduren. Cuando el ego habla antes de tiempo, la energía se dispersa.

Este mensaje atraviesa el tiempo como una ley espiritual inmutable: quien se acerca con emunah, quien se vacía para dejar espacio a la voluntad divina, quien confía sin condiciones, se convierte en un recipiente digno de la sanación. No porque la exija, sino porque está listo para recibirla.

La fe sana cuando deja de querer mandar y aprende, por fin, a decir: “Si Tú quieres”.

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,40-45):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.
Palabra del Señor.

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