
Dios, en su amor infinito, nos envió a Jesús para revelarnos el camino de regreso a Su presencia.
Sigue a Jesús y vuelve a la casa de Dios; así podrás experimentar el Reino de los Cielos aun en medio de esta vida material, y tu existencia se verá colmada de gozo y de paz.
Vive en paz, en armonía y en amor.
Retoma el sendero de la justicia para alcanzar la gloria de Dios y la vida eterna.
Recuerda: donde no hay pecado, no hay tribulación.
Por eso, sigue a Jesús y permanece en paz, armonía y amor.
El llamado que restaura lo que estaba disperso
Jesús no llama a los justos que se creen completos, sino a quienes saben que su alma necesita ser sanada. En este gesto se revela un principio profundo de la cábala: nada está fuera del alcance de la Luz cuando el corazón se abre a ella. Incluso aquello que parece quebrado, manchado o extraviado conserva una chispa divina esperando ser elevada.
El pecado no es solo una falta moral; es una desconexión. Es el momento en que el alma olvida su origen y se dispersa en lo externo. Por eso, en la sabiduría de la cábala, el retorno no comienza con el castigo, sino con el llamado. La voz que convoca despierta la memoria del alma y la orienta nuevamente hacia su raíz.
Seguir a Jesús es iniciar un movimiento de retorno, un tikkun interior. Es volver a ordenar lo que estaba fragmentado, restaurar la armonía entre el mundo material y la vida espiritual. Allí donde antes había culpa, comienza la conciencia; donde había distancia, nace la cercanía.
La mesa compartida con los considerados impuros revela un misterio mayor: la Luz no huye de la oscuridad, la transforma. El justo auténtico no es el que se aísla, sino el que permite que la misericordia de Dios circule a través de él y sane lo que estaba enfermo.
Cuando el ser humano recobra el camino de la justicia, la tribulación pierde su dominio. No porque desaparezcan las pruebas, sino porque el alma ya no camina sola ni dividida. En la unión con Dios, el corazón descansa, y la vida vuelve a fluir en paz, armonía y amor.
Este es el Reino que comienza aquí y ahora: la sanación del alma que recuerda quién es y a Quién pertenece.
Lectura del santo evangelio según san Marcos (2,13-17):
En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él, y les enseñaba.
Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»
Se levantó y lo siguió. Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos.
Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: «¡De modo que come con publicanos y pecadores!»
Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»
Palabra del Señor.
No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
En este pasaje del Evangelio, Jesús llama a un recaudador de impuestos y se rodea de publicanos y pecadores. Al recibir críticas por su compañía, responde: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.” Con esas palabras, deja claro que los enfermos espiritualmente —es decir, los que viven alejados de Dios— son quienes más necesitan su misericordia.
Sin embargo, surge la pregunta: ¿Quién puede llamarse verdaderamente “justo” en este mundo? Un justo, según la Escritura, es quien cumple la voluntad de Dios. Pero todos, en algún momento, hemos fallado; así que el llamado de Jesús no excluye a nadie. Su invitación es para cada persona que reconozca sus faltas y desee volver al camino del Señor.
La omnipotencia de Dios y la conversión del corazón
Dios es todo poderoso y puede hacer milagros cuando así lo dispone. Aun así, lo que un verdadero seguidor de Jesús debe buscar no es únicamente un acontecimiento sobrenatural, sino la conversión del corazón para vivir como un justo, cumpliendo la voluntad divina. Entonces, si Dios lo permite, el milagro que pedimos sucederá; pero el verdadero milagro es lograr esa transformación interior que nos acerca a la santidad.
Oración íntima y restauración espiritual
Para alcanzar la conversión del corazón, necesitamos acudir a la oración íntima, abriendo nuestro interior a la gracia de Dios. En ese diálogo sincero, el Espíritu Santo obra en nosotros, restaurando nuestra alma y guiándonos a una vida de fe y obediencia.
La salvación del alma: la meta suprema
En última instancia, lo más importante es la salvación de nuestra alma. Jesús vino al mundo para llamarnos al arrepentimiento y ofrecernos la oportunidad de reencontrarnos con el Padre. Si aceptamos su invitación, nos encaminamos a la verdadera vida en abundancia aquí en la tierra y, sobre todo, a la vida eterna junto a Dios.