La fuerza del amor todo lo puede; por eso, cuando abres tu corazón a Jesús y reconoces la grandeza de Dios, tu Padre Celestial, se abren ante ti las puertas de este mundo, para discernir y cumplir su voluntad.

Invoca entonces a Jesús, para habitar en este mundo bajo el amparo de su presencia. Abre tu corazón y agradece, mientras elevas tu alma en gratitud por la bondad infinita de Dios.

Que la luz del amor divino guíe tu camino, permitiendo que tu corazón sea un faro que irradie la gracia de Jesús hacia todos aquellos que anhelan descubrir el amor incondicional de nuestro Padre Celestial. Ábrelo con confianza y comparte la alegría viva de su presencia en tu vida.

Effatá: la apertura del alma

Hay un instante sagrado en el que el alma es tocada por la Palabra y todo lo que estaba cerrado comienza a abrirse. No es un gesto exterior, sino un movimiento profundo del espíritu, un temblor en las raíces del ser. Allí, donde el silencio se había vuelto costumbre y la sordera del corazón parecía ley, desciende la luz que pronuncia: ábrete, y el mundo interior despierta.

En la sabiduría de la cábala, este acto es un tikkun: una reparación del alma que permite que la abundancia divina vuelva a fluir. Cuando el corazón se abre, las sefirot se alinean y la Shejiná encuentra un espacio donde habitar. Entonces, la palabra se vuelve clara, el oído se vuelve sensible y la vida entera se transforma en un canal por donde circula la misericordia.

Cerrar el corazón es quedar atrapado en los velos del ego, en la ilusión de la separación. Abrirlo es regresar al centro, al punto donde la voluntad humana y la voluntad divina se abrazan. Allí nace el discernimiento, y cada acto se vuelve una expresión del amor eterno.

Quien se deja tocar por esta apertura comienza a ver con otros ojos, a escuchar con otra profundidad y a hablar con una verdad que sana. Ya no vive desde la carencia, sino desde la plenitud; ya no camina a ciegas, sino guiado por la luz que emana del Ein Sof, el Infinito.

Así, el alma abierta se convierte en un faro silencioso. No necesita imponerse ni proclamar su luz: simplemente irradia. Y en su irradiar, despierta a otros corazones, recordándoles que fueron creados para escuchar la voz del cielo, pronunciar palabras de vida y caminar en la armonía del amor que todo lo restaura.

Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,31-37):

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Palabra del Señor.