
Jesús nos llena de esperanza y nos enseña a caminar hacia la vida eterna, aun en medio de este mundo material.
Su promesa es la vida eterna.
Confía y persevera en el amor de Jesús; permanece unido a su sacrificio para la redención de la humanidad.
Cuando la vida parece tardar, el alma está siendo llamada a despertar
Hay momentos en los que el alma atraviesa silencios que no entiende. Instantes donde la respuesta no llega, donde la luz parece retrasarse, donde lo esperado se desvanece ante los ojos del corazón. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde comienza una enseñanza más profunda, una que no pertenece al tiempo del mundo, sino al tiempo del espíritu.
Desde la mirada de la cábala, el aparente retraso no es ausencia, sino ocultamiento. Es el velo necesario para que el alma expanda su vasija. Porque mientras más grande es la luz que ha de revelarse, más profundo debe ser el vacío que la precede. Este es el misterio del tzimtzum: la contracción divina que permite que exista espacio para algo más.
El alma humana, en su travesía, suele confundir el silencio con abandono. Pero el silencio, en realidad, es un lenguaje. Es el lenguaje con el que el Creador prepara el corazón para una revelación mayor. Lo que parece pérdida, en muchos casos, es simplemente transformación. Lo que parece final, es una puerta sellada que aún no ha sido comprendida.
La fe verdadera —el bitajón— no es creer cuando todo está bien. Es sostenerse cuando todo parece detenido. Es permanecer cuando la lógica se quiebra. Es confiar en que incluso aquello que duele está siendo utilizado como instrumento de redención.
En lo profundo del alma existe una chispa que nunca muere. La cábala la reconoce como una porción de lo divino, una esencia que no puede ser corrompida ni extinguida. Esa chispa no responde a la muerte, ni al fracaso, ni a la desesperanza. Responde únicamente al llamado de la vida verdadera.
Por eso, cuando todo parece terminado, el alma está siendo invitada a elevar su percepción. A dejar de ver con los ojos del cuerpo y comenzar a ver con los ojos del espíritu. Porque la realidad no se define por lo que se ve, sino por lo que el Creador ha decretado en dimensiones que el hombre aún no alcanza a comprender.
Hay una fuerza espiritual que se activa cuando el ser humano decide creer más allá de la evidencia. Esa fuerza rompe estructuras, trasciende límites y abre caminos donde antes no existían. Es la fuerza de la emuná, una fe que no depende de pruebas, sino de conexión.
El verdadero milagro no es solo la restauración de lo que parecía perdido. El verdadero milagro es la transformación del corazón que aprende a confiar sin condiciones. Es el alma que deja de exigir respuestas y comienza a habitar la certeza de que todo está siendo guiado con propósito.
Nada está realmente muerto cuando está en manos del Creador. Nada está perdido cuando ha sido entregado a lo eterno. Lo que el hombre llama final, muchas veces es simplemente un punto de transición hacia una revelación más elevada.
Por eso, cuando la vida parezca tardar, cuando el cielo parezca guardar silencio, cuando la esperanza parezca debilitada… no retrocedas.
Permanece.
Porque en lo invisible, algo ya está ocurriendo. Porque en lo oculto, la luz ya ha sido encendida. Porque en lo eterno, la vida ya ha vencido.
Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):
En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
Palabra del Señor.