Eres el administrador de tu vida, un don que se te ha concedido con el propósito de conocer a Dios.

Por eso, vive con alegría conforme a Su Palabra, recordando que solo una cosa es verdaderamente importante: la salvación del alma.

Vive con fe, sembrando esperanza y amor.

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El Administrador del Alma

Jesús nos revela en esta parábola un misterio profundo: que la vida es un préstamo divino, y nosotros somos los administradores de ese tesoro que no nos pertenece.
Nada de lo que poseemos es verdaderamente nuestro: ni el tiempo, ni el talento, ni los bienes, ni siquiera la vida que respiramos. Todo proviene del Eterno, y nos ha sido confiado para cumplir una misión: conocer a Dios en el mundo y a través del mundo.

En la cábala, el alma es enviada a este plano como un shaliaj, un emisario del Creador. Su tarea es transformar la materia en espíritu, revelar la luz oculta en cada acto. Por eso, administrar la vida con sabiduría significa usar cada instante para elevarlo, cada encuentro para reparar (tikkun) lo que el ego ha roto, cada decisión para acercarnos un poco más a la Fuente.

El administrador infiel del Evangelio actúa con astucia porque comprende que el juicio se acerca. Esa conciencia del tiempo, ese despertar, es lo que el alma debe alcanzar antes de ser llamada de regreso. No se trata de temer al final, sino de vivir cada día con la lucidez de quien sabe que todo lo visible es efímero y que solo lo espiritual permanece.

Jesús nos enseña que el verdadero administrador no acumula, sino que invierte en el Reino; no guarda, sino que entrega; no teme perder, porque ha comprendido que todo lo que se ofrece en amor vuelve multiplicado en eternidad.

Por eso, vive con fe, siembra esperanza y amor, y recuerda:
quien administra su vida de acuerdo con la voluntad divina,
no solo guarda un tesoro en el cielo,
sino que se convierte él mismo en un reflejo del Tesoro eterno.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas (16,1-8):

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Había una vez un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado ante él de haberle malgastado sus bienes. Lo llamó y le dijo: «¿Es cierto lo que me han dicho de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador.» Entonces el administrador se puso a pensar: «¿Qué voy a hacer ahora que me quitan el trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener a alguien que me reciba en su casa, cuando me despidan.» Entonces fue llamando uno por uno a los deudores de su amo. Al primero le preguntó: «¿Cuánto le debes a mi amo?» El hombre respondió: «Cien barriles de aceite.» El administrador le dijo: «Toma tu recibo, date prisa y haz otro por cincuenta.» Luego preguntó al siguiente: «Y tú, ¿cuánto debes?» Éste respondió: «Cien sacos de trigo.» El administrador le dijo: «Toma tu recibo y haz otro por ochenta.» El amo tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido con habilidad. Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz».