
¿Por qué te inquietas por las cosas del mundo?
No temas.
Todo acontece según la voluntad de Dios
y todo, incluso lo que duele, obra para bien.
Acepta la invitación de Jesús:
camina tras sus pasos,
regresa al Padre
y conviértete en fuente de luz para el mundo.
Deja el pasado en su lugar.
Lo que fue, ya fue, y no pudo ser de otra manera.
Así lo permitió Dios.
No luches contra lo que ya cumplió su propósito.
Habita el presente.
Siembra amor hoy
para que el mañana florezca en bendición.
Recuerda:
Dios no te creó para la tristeza,
sino para vivir con alegría en el corazón.
Este texto nos llama a soltar las preocupaciones del mundo y a descansar en el cuidado amoroso de Dios. Al acoger la invitación de Jesús, comprendemos que no caminamos solos y que, incluso cuando no entendemos los caminos, Dios orienta todo hacia nuestro bien. Vivir en sintonía con su voluntad implica una elección consciente: elegir la alegría.
Dios es misericordioso. Cuando caemos, no nos aplasta con reproches, sino que nos invita a levantarnos y a seguir adelante con la frente en alto. La culpa que paraliza no nace de Él; esa carga proviene del enemigo, que desea vernos cansados y abatidos. Dios, en cambio, nos quiere en paz y con el corazón ligero, porque lo que pensamos nos moldea, lo que sentimos nos atrae, y lo que imaginamos termina tomando forma en nuestra vida.
Puntos de reflexión
Dejar el pasado atrás.
Aprender de lo vivido, confiar en que Dios comprende el sentido profundo de cada situación y no permitir que la culpa consuma el alma.
Sembrar amor en el presente.
Cada acto de amor transforma el corazón propio y el de quienes nos rodean, preparando un futuro fecundo.
Elegir la alegría.
Reconocer que Dios, en su misericordia, desea nuestra plenitud y que la culpa no proviene de Él, sino de aquello que nos aleja de su amor.
Así, la fe nos libera del peso del temor y de la culpa, y nos invita a caminar con esperanza y alegría, convirtiéndonos en luz para los demás.
El llamado que despierta el alma
Hay un instante sagrado en la vida de toda persona en el que el alma es llamada por su nombre. No es un grito ni una orden: es una voz suave que atraviesa el ruido del mundo y despierta lo que estaba dormido. Ese llamado no surge del exterior, nace desde lo Alto y resuena en lo más profundo del ser.
La cábala enseña que cada alma desciende a este mundo con una misión precisa, un tikkun que solo ella puede realizar. Sin embargo, muchas veces quedamos atrapados en las redes de la costumbre, ocupados en asegurar lo inmediato, olvidando para qué fuimos enviados. El llamado irrumpe justo ahí, cuando la vida parece definida, para recordarnos que no fuimos creados solo para sobrevivir, sino para elevar la realidad.
Responder al llamado implica soltar. Soltar seguridades, soltar identidades construidas, soltar aquello que parecía sostenernos. No porque sea malo, sino porque ya cumplió su función. En lenguaje de cábala, es el momento en que el alma decide ascender de un nivel de conciencia a otro, dejando atrás una vasija pequeña para recibir una luz mayor.
Seguir el camino que se nos muestra no es huir del mundo, sino aprender a transformarlo. El que responde al llamado no se aparta de la creación: se convierte en canal. Su vida empieza a atraer luz, a ordenar el caos, a rescatar chispas divinas ocultas en lo cotidiano. Así, la existencia deja de girar en torno al yo y comienza a alinearse con la voluntad del Creador.
El verdadero seguimiento no es externo; es interior. Es permitir que la conciencia se afine, que el corazón se vuelva disponible y que cada paso esté orientado hacia la unidad. Cuando el alma responde, el Reino ya no es una promesa futura: se vuelve una experiencia viva, aquí y ahora.
Quien escucha el llamado y lo sigue, descubre que nunca caminó solo. Siempre fue guiado. Siempre fue esperado.
Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,14-20):
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.
Palabra del Señor.