Existe una ley espiritual conocida como medida por medida. Por eso Jesús nos enseña a dejar todo en manos de Dios cuando dice: «No hagáis frente al que os agravia».
Aunque no es fácil de comprender, dejar todo en manos de Dios es el fundamento de la fe como vivencia. Es la forma en que confirmamos nuestra confianza en Él: cuando nos vaciamos del ego y vivimos en aceptación.
Así que no te preocupes. Pon la otra mejilla con la plena seguridad de que esa es la voluntad de Dios. Esa es la prueba.
Más bien, reflexiona sobre qué quiere Dios de ti cuando algo te sucede.
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Medida por medida, la justicia de Dios y la corrección del alma
Jesús dijo:
«Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No hagáis frente al que os agravia; al contrario, si alguien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra» (Mateo 5,38-39).
Este mensaje, que parece tan radical, en realidad es profundamente coherente con las leyes espirituales más elevadas que la cábala ha enseñado por siglos.
En la cábala existe el principio de «midá kenégued midá» —medida por medida—, una ley espiritual que enseña que todo lo que ocurre en nuestra vida es reflejo perfecto de lo que hay en nuestro interior. No se trata de un castigo externo, sino de una respuesta exacta del universo para ayudarnos a rectificar, elevarnos y retornar a nuestra fuente.
Jesús no vino a abolir esta ley, sino a llevarla a su perfección. Por eso nos invita no a reaccionar desde el ego, sino a responder desde el alma. Cuando alguien te hiere y tú devuelves el golpe, perpetúas el ciclo del ego. Pero si entregas la situación a Dios y aceptas desde la fe que todo tiene un propósito, incluso ese agravio, entonces estás actuando desde un nivel espiritual más alto.
La cábala enseña que el alma encarna para hacer un tikkún, una corrección. Y muchas veces esa corrección viene disfrazada de ofensa, rechazo o pérdida. Pero si reaccionamos con conciencia —si ponemos la otra mejilla, no por debilidad, sino por confianza en la justicia divina—, entonces nos elevamos, y esa prueba se convierte en escalera.
Dejar todo en manos de Dios no es resignarse, es reconocer la perfección del plan divino. Es vaciarnos del deseo de controlar y permitir que sea Él quien juzgue, quien corrija, quien actúe. En eso consiste la verdadera fe: no en pedir pruebas, sino en soportar las pruebas sabiendo que nos están puliendo el alma.
Así que cuando alguien te hiera, no preguntes “¿por qué a mí?”, sino “¿para qué?”. Y descubrirás que todo, incluso lo doloroso, fue una llave para tu liberación.
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Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,38-42):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: «Ojo por ojo, diente por diente». Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.»
Palabra del Señor.