El bien siempre triunfará, porque todo lo que proviene de Dios es bueno.
Tú solo vive en el amor.
Todo lo que necesitas es amor.

Que viva la fe, viva la esperanza y viva el amor.

Lectura del santo evangelio según san Juan (3,31-36):

El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz.
El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.
Palabra del Señor.

Desde lo Alto

El bien siempre triunfa, porque su raíz no pertenece a este mundo fragmentado, sino a la plenitud que desciende desde lo Alto. Todo lo que proviene de Dios nace en la luz del Ein Sof, donde no hay sombra ni división, solo bondad perfecta que fluye sin medida.

El alma humana, sin embargo, habita entre velos. Percibe la realidad a través de recipientes limitados, pero ha sido creada con la capacidad de elevarse. Por eso, quien vive en el amor comienza a rectificar sus vasijas —su tikkun—, alineando su deseo con la voluntad divina. Amar no es solo sentir: es ordenar el alma para que la luz pueda habitar en ella.

El Hijo ha descendido como expresión viva de esa luz superior. No habla desde la tierra, sino desde la unión perfecta con el Padre. Sus palabras no son pensamiento humano, sino flujo del Espíritu, shefa divino que se derrama sin medida sobre aquel que cree. Recibirlo es abrir el corazón para que la luz penetre y transforme.

Quien cree, no solo afirma: se une. Y en esa unión, la vida eterna no es promesa futura, sino realidad presente. Es la conciencia restaurada, el alma recordando su origen en lo Alto. Pero quien cierra su vasija, quien rehúsa la luz, permanece en la contracción, separado de la fuente de vida.

Por eso, vive en el amor. Porque el amor es el canal. Es la forma en que la luz infinita encuentra morada en lo finito.

Y así, en el misterio del flujo divino, la fe despierta, la esperanza sostiene, y el amor —como la más alta emanación— revela que el bien, inevitablemente, siempre triunfa.