Lo que Jesús nos quiere decir es que todo lo que proviene de Dios es bueno, y que todo proviene de Él, porque es quien todo lo puede o lo permite.

Es el hombre quien, a través de su mala inclinación, no logra ver la luz ni reconocer la bondad del Creador.

Lleva una vida consciente, buscando mejorar cada día como persona, mientras meditas sobre qué tipo de persona eres.

¿Eres la misericordia o eres la vara que busca justicia?

Recuerda las palabras de Jesús cuando dice: «Misericordia quiero».

Cuando la luz no es reconocida

Hay una luz que desciende constantemente desde lo Alto, una emanación sutil que fluye desde el Ein Sof hacia toda la creación. Esa luz no se impone, no irrumpe con violencia; se revela en el tiempo perfecto, en el instante exacto en que el alma está lista para percibirla.

Sin embargo, el hombre, envuelto en su propia percepción limitada, cree conocer los tiempos, juzga las formas, y pretende encerrar lo divino dentro de su entendimiento. Así, lo que es infinito se vuelve incomprendido, y lo que es claro se vuelve oculto.

La cábala enseña que existe un velo, una ocultación llamada hester panim, donde la presencia del Creador parece ausente, aunque en realidad está más cercana que nunca. No es la luz la que se retira, es el corazón el que se endurece. Es la conciencia la que, atrapada en el juicio, pierde la capacidad de reconocer la verdad cuando la tiene delante.

El alma que camina en rectitud no se apresura a definir lo que viene de lo Alto. Aprende a guardar silencio interior, a observar sin prejuicio, a discernir desde la humildad. Porque sabe que la revelación no siempre coincide con las expectativas del mundo, ni con las estructuras mentales del hombre.

Hay un tiempo para cada manifestación. Hay una hora en la que la luz se hace visible, y otra en la que permanece velada, no por ausencia, sino por propósito. Quien vive en emuná comprende que todo ocurre bajo una guía perfecta, incluso aquello que parece confuso o contradictorio.

Por eso, el trabajo del alma no es controlar la revelación, sino refinar su vasija. Limpiar el corazón, suavizar el juicio, inclinarse hacia la misericordia. Porque solo un corazón alineado con la luz puede reconocer la luz cuando esta se manifiesta.

Quien juzga desde la superficie permanece en la oscuridad de su propia percepción. Pero quien mira con profundidad, con bitajón, comienza a entrever los destellos ocultos de la presencia divina en todo lo que es.

Y entonces comprende: no era la luz la que faltaba… era la mirada la que aún no estaba preparada.

Lectura del santo evangelio según san Juan (7,1-2.10.25-30):

En aquel tiempo, recorría Jesús Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas.
Una vez que sus hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas.
Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron:
«¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene».
Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó:
«A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado».
Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.
Palabra del Señor.