
No te dejes arrastrar por lo que los hombres te piden si eso contradice los mandamientos de Dios.
Recuerda siempre que Dios todo lo ve.
Vive con rectitud, sabiendo que donde no hay pecado, no hay tribulación, y donde reina la conciencia, florece la paz.
Entre la Voz y el Silencio: el Juicio del Corazón
El alma humana camina siempre entre dos fuegos: la voz del mundo y el susurro del Creador. En ese espacio sagrado se libra la batalla más profunda: obedecer a los hombres o permanecer fiel a la Voluntad divina. La cábala enseña que cada decisión abre o cierra canales de luz en los mundos superiores, y que toda elección deja una huella eterna en el alma.
Cuando el hombre se deja arrastrar por el deseo de agradar, por el miedo al qué dirán o por la sed de poder, fortalece las kelipot, las cáscaras que ocultan la luz. Así, el corazón se endurece y la conciencia se adormece. No es la maldad abierta la que más oscurece el alma, sino la tibieza que prefiere la comodidad antes que la verdad.
Dios todo lo ve, no como un juez severo, sino como una Presencia que ama y acompaña. Su mirada es Or Makif, una luz envolvente que observa incluso lo que el propio ser no alcanza a reconocer. Ante esa mirada, toda excusa se disuelve y toda máscara cae. El alma, desnuda, recuerda quién es y para qué vino.
Vivir correctamente es alinear pensamiento, palabra y acción con la raíz divina que habita en lo profundo del ser. Es restaurar el equilibrio entre las sefirot, permitiendo que Jésed y Guevurá se abracen en Tiferet, para que la misericordia y la justicia caminen juntas. Allí donde no hay pecado, no hay tribulación, porque la tribulación nace de la fractura interior, del exilio del alma respecto de su Fuente.
Cada acto de fidelidad a la verdad realiza un tikkun, una reparación secreta del mundo. Incluso el sufrimiento aceptado por amor a la justicia se transforma en semilla de redención. Nada se pierde cuando se elige la luz: todo asciende, todo se purifica, todo regresa al Uno.
Así, el justo aprende a callar frente al ruido del mundo y a escuchar la voz eterna que resuena en su interior. Y en esa escucha, descubre que la verdadera libertad no está en hacer lo que se quiere, sino en obedecer al Amor que sostiene los cielos y la tierra.
Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,14-29):
EN aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían:
«Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
Otros decían:
«Es Elías».
Otros:
«Es un profeta como los antiguos».
Herodes, al oírlo, decía:
«Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
Palabra del Señor
Firmeza ante la verdad: No te dejes llevar por lo que piden los hombres
En el Evangelio de Marcos (6,14-29), encontramos la trágica historia de la muerte de Juan el Bautista. Herodes lo admiraba, sabía que era un hombre justo y santo, pero aun así, cuando su hijastra Salomé pidió su cabeza por influencia de Herodías, él cedió. Aunque sabía que era una injusticia, temió más lo que los demás pensarían de él que lo que Dios esperaba de su vida.
Este pasaje nos deja una enseñanza profunda: no podemos dejarnos llevar por los deseos de los hombres si van en contra de los mandamientos de Dios. En la vida, enfrentamos presiones sociales, tentaciones y momentos en los que debemos elegir entre la verdad y la comodidad. ¿Cuántas veces actuamos en contra de lo que sabemos que es correcto solo por encajar o por miedo a la opinión de los demás?
Dios todo lo ve. No es una amenaza, sino una verdad que nos invita a vivir con rectitud. No hay nada oculto para Él, y tarde o temprano, nuestras decisiones traen sus consecuencias. Herodes pudo haber evitado la muerte de Juan, pero su miedo al qué dirán lo hizo caer en un acto del que seguramente nunca pudo librar su conciencia.
Vive con la certeza de que donde no hay pecado, no hay tribulación. Esto no significa que no enfrentaremos dificultades, sino que cuando caminamos en la verdad y en la voluntad de Dios, tenemos paz. La verdadera tribulación no viene de los problemas externos, sino de vivir en contradicción con nuestra conciencia y con Dios.
Juan el Bautista nos dejó un ejemplo de valentía. Prefirió decir la verdad antes que agradar a los hombres. ¿Qué elegimos nosotros en nuestro día a día? ¿Nos dejamos influenciar por lo que el mundo exige, o permanecemos firmes en la voluntad de Dios?
Hoy es un buen día para reflexionar y reafirmar nuestro compromiso con la verdad. Que nuestras decisiones estén guiadas por Dios y no por el miedo o la presión de los demás.