
Reflexion: Dios en nosotros
En Juan 10,31-42, Jesús es acusado de blasfemia por decir: “Yo y el Padre somos uno”. Sus palabras escandalizan a quienes no comprenden la unidad divina que Él revela. Sin embargo, Jesús responde con una pregunta poderosa: “¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo dije: ustedes son dioses’?”.
Desde la cabala, esta afirmación no solo no es blasfema, sino que encierra una verdad profunda: el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, portador de una chispa divina —el Nitzotz Elokit. Esa chispa, escondida en lo más profundo del alma, es lo que Jesús vino a despertar. No se trata de igualarnos a Dios en esencia, sino de recordar que fuimos llamados a manifestar su presencia a través del amor, la rectitud, la compasión y el perdón.
Jesús no reclama un título para sí mismo con orgullo humano, sino que invita a todos a reconocer que Dios habita en el interior de cada uno. Según la cabala, esta conciencia se llama Devekut —la unión con lo divino—, una experiencia espiritual en la que el alma se apega al Creador por medio del amor, la fe y las buenas acciones.
Cuando Jesús dice que sus obras testifican de Él, nos está mostrando el camino: no es la palabra la que prueba la divinidad en nosotros, sino la vida vivida en armonía con el Creador. Amar, perdonar, ser pacientes y vivir con alegría no es solo una forma ética de actuar, es el modo en que la luz divina se manifiesta en este mundo.
Y así, cada vez que perdonas, cada vez que eliges el bien, cada vez que confías en medio de la prueba, estás dejando que esa chispa en ti brille con fuerza. Estás recordando que no estás separado de Dios, sino llamado a vivir en Él, y con Él… como Jesús lo vivió.
La chispa divina que habita en ti
Hay un secreto que arde en lo profundo del alma, un misterio que no se revela a los ojos apresurados: la presencia de lo divino en el interior del ser humano. No como una idea lejana, sino como una chispa viva, una emanación del Infinito que la cábala reconoce como una expresión del Ein Sof filtrándose en la creación.
Cuando el hombre olvida esto, juzga. Cuando lo recuerda, despierta.
Decir que el ser humano porta algo divino no es exaltación del ego, sino todo lo contrario: es la anulación del ego frente a la verdad. Porque esa chispa no pertenece al yo superficial, sino al alma profunda, al nivel donde el alma se conecta con las sefirot superiores, donde la luz fluye sin distorsión.
Por eso, juzgar a otro es un error espiritual. No porque el mal no exista, sino porque al juzgar desde la desconexión, se oscurece la visión. Quien juzga sin conciencia no ve la chispa, solo ve la cáscara. Y en términos de cábala, queda atrapado en las klipot, las capas externas que ocultan la luz.
Cada ser humano es portador de una centella divina, incluso cuando está oculta. Incluso cuando parece apagada. Y quien reconoce esto, comienza a caminar el sendero del tikkun, la reparación del alma, no solo propia, sino también del mundo.
La misericordia, entonces, no es debilidad: es visión. Es la capacidad de ver más allá del acto y reconocer la raíz. Es actuar desde la sefirá de Jesed, equilibrada con Guevurá, entendiendo que el juicio sin amor rompe, pero el amor sin discernimiento también desvía.
El alma despierta no niega la verdad, pero tampoco condena desde la separación. Comprende que todo proceso es parte de una elevación, que toda caída puede ser semilla de retorno.
Y así, el que ve la chispa en sí mismo, comienza a verla en los demás. Ya no actúa desde la reacción, sino desde la conciencia. Ya no busca condenar, sino revelar luz.
Porque quien reconoce que lo divino habita en todos, deja de luchar contra los otros… y empieza a participar en la obra silenciosa de restaurar la unidad.