Lo que Dios quiere es que todas las almas vuelvan a Él. Por eso, en esta vida material, siempre nos dará una oportunidad para retornar al buen camino.

Depende de ti escucharlo y hacer Su voluntad.

Aprovecha siempre esta oportunidad que Dios te da, mientras el tiempo te lo permita.

Mientras tengas aliento, abre los ojos del alma

Hay una distancia invisible que no se mide en kilómetros, sino en conciencia. Dos hombres pueden habitar la misma tierra y, sin embargo, vivir en mundos espirituales opuestos. Uno puede estar rodeado de abundancia y permanecer vacío; otro puede estar cubierto de llagas y, aun así, ser abrazado por la Luz.

La enseñanza es clara y eterna: no es la riqueza lo que condena, ni la pobreza lo que salva. Lo que define el destino del alma es la sensibilidad del corazón. En términos de cábala, todo ser humano recibe shefa, flujo divino, en alguna medida. Ese flujo puede convertirse en luz compartida o en luz estancada. Cuando la bendición se retiene solo para uno mismo, el canal se obstruye; cuando se comparte, el recipiente se expande.

El alma desciende a este mundo material para hacer su tikkun, su rectificación. Cada encuentro es una oportunidad, cada necesitado es un espejo, cada omisión es una señal. Nada ocurre por casualidad. Si alguien es puesto delante de ti en su fragilidad, no es un accidente social: es una cita espiritual. Ignorar el dolor ajeno endurece el corazón y crea separación. Y la separación es el verdadero exilio.

El gran abismo no se forma después de la muerte; comienza a abrirse en vida, cuando el hombre se acostumbra a no ver. El Zohar enseña que los ojos pueden mirar y, sin embargo, permanecer cerrados. La conciencia adormecida es el infierno anticipado: vivir sin percibir la chispa divina en el otro.

La enseñanza también revela un misterio profundo: después de cierto punto, ya no se puede cruzar de un estado a otro con facilidad. Por eso este mundo es tan valioso. Aquí, mientras hay aliento, hay posibilidad de cambio. Aquí el alma puede transformar juicio en misericordia, egoísmo en compasión, indiferencia en acto redentor.

La justicia divina no es caprichosa; es exacta. Medida por medida. Si en vida construimos puentes, esos puentes nos sostendrán. Si levantamos muros, esos muros nos rodearán. No porque Dios desee castigar, sino porque el universo espiritual responde con precisión a la vibración que emitimos. El atributo de guevurá —la severidad— se activa cuando el corazón se cierra; el atributo de jesed —la misericordia— fluye cuando aprendemos a dar.

También hay una advertencia silenciosa: no esperes señales espectaculares para cambiar. La revelación ya fue dada. La sabiduría ya fue sembrada. La voz del Creador habla en la conciencia, en la Escritura, en la necesidad del prójimo, en la inquietud interior que no te deja en paz. Quien no escucha lo sencillo, tampoco escuchará lo extraordinario.

Cada día es una puerta. Cada decisión inclina la balanza del alma. El mundo material es apenas un escenario transitorio donde se define algo eterno. Vivir despiertos es comprender que el verdadero tesoro no es lo que poseemos, sino lo que somos capaces de compartir.

Mientras tengas tiempo, mientras el alma respire dentro de ti, aún puedes abrir los ojos. Aún puedes convertir tu mesa en altar, tu riqueza en canal, tu vida en puente.

Porque al final, lo único que cruzará contigo el umbral no será lo que acumulaste, sino la luz que aprendiste a entregar.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,19-31):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
“Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.
Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».
Palabra del Señor.

El retorno del alma y la verdad de la abundancia

El relato del rico y Lázaro en el evangelio de Lucas nos revela un principio espiritual profundo: la verdadera riqueza no es material, sino el estado del alma ante el Creador. La cábala enseña que cada acción deja una huella en nuestra alma y que nuestras decisiones en este mundo modelan nuestra realidad en los mundos superiores.

El hombre rico vivió rodeado de lujos, pero su alma era pobre, mientras que Lázaro, en su miseria, tenía una conexión con la luz de Dios. La clave aquí no es la pobreza o la riqueza en sí, sino la conciencia con la que vivimos. En la cábala, el Tikkun es el proceso de rectificación de nuestra alma. Si no despertamos a esta misión mientras estamos en este plano, el sufrimiento nos lo recordará, ya sea en esta vida o en el estado posterior.

El Zóhar enseña que el alma, después de dejar este mundo, experimenta la consecuencia de su propio estado interior. No es que Dios castigue, sino que el alma, al estar limitada por su propia vibración, se encuentra en un espacio acorde a su desarrollo espiritual. Así como la abundancia no es solo recibir dinero, sino alinear nuestro ser con la voluntad divina, el «infierno» no es un lugar, sino un estado de separación de la luz.

Dios, en su infinita misericordia, nos da oportunidades para retornar al camino correcto. Pero no debemos confundir su paciencia con impunidad. Como dice la Escritura, “si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque alguien resucite de entre los muertos”. La conciencia se despierta desde dentro, no por señales externas.

El llamado hoy es claro: no esperes a perderlo todo para reconocer la fuente de la verdadera abundancia. La voluntad de Dios es que retornemos a Él, pero depende de cada alma aprovechar esta oportunidad mientras el tiempo lo permite.