Jesús, con su ejemplo de vida, nos enseña cómo debemos comportarnos en este mundo: haciendo todo por amor a Dios, nuestro Padre Celestial, quien nos provee de todo.

Si sabes que todo le pertenece a Él, ¿por qué te preocupa lo que das?

Debes entender que hay una cuenta celestial con lo que verdaderamente te pertenece, y tu tarea es administrarlo con sabiduría.

Comparte lo que tienes con alegría —sea mucho o poco—, porque al final, no te quedarás con nada de lo que crees poseer. Todo es de Dios.

Haz todo por amor a Él.

Y recuerda: lo que haces con amor, la vida te lo devuelve.

El Pan que se Multiplica con Amor

En el Evangelio según Mateo (14,13-21), vemos cómo Jesús, movido por la compasión, alimenta a una multitud con apenas cinco panes y dos peces. Este milagro no es solo una multiplicación material; es una revelación espiritual.

Desde la sabiduría de la cábala, entendemos que el mundo visible es solo una expresión del mundo invisible. Lo material se alimenta de lo espiritual. Cuando actuamos desde el amor, abrimos canales de bendición que permiten que lo poco se multiplique. Eso fue lo que hizo Jesús: inyectó amor divino en lo poco que había, y el universo respondió.

En la cábala, se enseña que todo lo creado es una vasija (kli) que recibe la luz (Or) del Creador. Pero para que esa luz fluya, la vasija debe estar vacía de ego y llena de intención pura. Jesús no solo tenía la vasija perfecta; también enseñaba a los demás a convertirse en vasijas que recibieran y compartieran la luz.

El secreto no está en cuánto tenemos, sino en cuánto amor ponemos en lo que damos. Cuando ofrecemos lo poco que tenemos con fe y entrega, cuando dejamos que el amor sea la fuente de nuestra acción, Dios se manifiesta y el universo entero coopera para multiplicar la bendición.

No temas dar. Da con alegría. Da con fe. Da con amor. Porque el verdadero milagro ocurre cuando transformamos lo cotidiano en sagrado, y lo hacemos por amor al prójimo y a Dios.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (14,13-21):

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos.
Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»
Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»
Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»
Les dijo: «Traédmelos.»
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Palabra del Señor.