Jesús, el Hijo de Dios que habita entre nosotros, se hace presente por medio de los hombres con quienes interactuamos en este mundo; pero no logramos verlo por nuestra ceguera espiritual. Por eso no cumplimos la ley del amor, cayendo en el juicio y la condena, actos que se vuelven contra nosotros mismos al apagar en el corazón el amor a Dios.

Recuerda: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y más grande mandamiento. Y el segundo es semejante: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Cuando la Luz se presenta y el corazón decide

Hay momentos en los que la Luz desciende y se posa frente al hombre, pero no todos la reconocen. No porque la Luz se oculte, sino porque el corazón se encuentra fragmentado. En la sabiduría de la cábala, esto se comprende como la incapacidad del recipiente —el kli— para contener lo que es puro. La Luz siempre está; lo que cambia es la vasija que la recibe.

El alma percibe según su corrección. Cuando el deseo está alineado con la verdad, la Luz se vuelve evidente, casi innegable. Pero cuando el deseo está mezclado con juicio, orgullo o temor, la percepción se distorsiona. Entonces, aquello que es claro para unos se vuelve motivo de división para otros. No es la Luz la que se fragmenta, es la conciencia la que se divide.

Así opera el misterio del libre albedrío: frente a una misma revelación, unos eligen abrirse y otros cerrarse. En términos de cábala, es la tensión entre jesed (expansión, misericordia) y guevurá (restricción, juicio). Cuando guevurá no está rectificada, se convierte en dureza del corazón, en la necesidad de tener razón, en la incapacidad de reconocer lo que no encaja en las propias estructuras. Entonces, en lugar de recibir la Luz, el alma la cuestiona, la reduce, o incluso la rechaza.

El juicio precipitado es una forma de oscuridad. No porque juzgar en sí mismo sea incorrecto —pues discernir es necesario—, sino porque cuando el juicio nace de un corazón no purificado, se convierte en separación. Y toda separación es una ilusión que oculta la Unidad del Creador.

La cábala enseña que el propósito del alma es el tikkun, la corrección interior. Este proceso no ocurre acumulando argumentos, sino refinando la percepción. No se trata de tener razón, sino de volverse capaz de ver. Ver más allá de la apariencia, más allá de la forma, más allá de la historia que la mente construye.

Hay quienes buscan señales extraordinarias para creer, pero descuidan lo esencial: la disposición del corazón. La Luz no siempre irrumpe con estruendo; muchas veces se presenta en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo humano. Y es allí donde ocurre la prueba más profunda: reconocer lo divino en lo que parece ordinario.

Cuando el alma está en bitajón —confianza plena—, no necesita controlar ni entenderlo todo. Puede abrirse a lo que es, sin resistencia. Y en esa apertura, la Luz encuentra espacio para revelarse. Pero cuando el alma se aferra a sus certezas, se encierra en sí misma y pierde la capacidad de recibir.

El verdadero conocimiento no nace del ruido exterior, sino del silencio interior. Es en ese espacio donde el alma discierne con claridad, donde la voz del Creador no compite con otras voces. Allí, el juicio se transforma en comprensión, y la división en unidad.

Por eso, el llamado no es a imponer una verdad, sino a purificar el corazón para reconocerla. Porque la Luz no deja de manifestarse; es el hombre quien decide si la ve o la rechaza.

Y en esa decisión, silenciosa y constante, se define el destino del alma.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (7,40-53):

EN aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían:
«Este es de verdad el profeta».
Otros decían:
«Este es el Mesías».
Pero otros decían:
«¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?».
Y así surgió entre la gente una discordia por su causa.
Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.
Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron:
«¿Por qué no lo habéis traído?».
Los guardias respondieron:
«Jamás ha hablado nadie como ese hombre».
Los fariseos les replicaron:
«También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos».
Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo:
«¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?».
Ellos le replicaron:
«¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas».
Y se volvieron cada uno a su casa.

Palabra del Señor