El perdón es la perfección de un amor gratuito que no depende de condiciones previas, no exige, no reclama; Tan sólo perdona, por amor.

Al perdonar, desatamos nuestra alma que se eleva para estar en conexión con Dios libertándonos de ataduras que no nos dejan avanzar a una vida en plenitud.

Tienes el amor para perdonar?

Si no lo tienes, pídele a Jesús su gracia para perdonar.

 

 

Libérate perdonando de corazón

El perdón es una de las fuerzas más altas que puede despertar el alma humana. No nace del orgullo, ni de la justicia que exige compensación, ni del deseo de equilibrar cuentas. El perdón nace del amor que comprende que la vida es más grande que las ofensas, y que el espíritu está llamado a algo más elevado que permanecer atado al dolor.

En la sabiduría de la cábala se enseña que el alma desciende a este mundo material para realizar su tikkun, su rectificación. Cada encuentro, cada herida, cada conflicto que atraviesa nuestra vida forma parte de ese proceso invisible mediante el cual el alma aprende a volver a la luz. Nada ocurre al azar. Incluso aquello que nos hiere contiene una oportunidad secreta de transformación.

Sin embargo, cuando el corazón se aferra al rencor, el alma queda atrapada en las capas densas de la realidad. El resentimiento se convierte en una cadena invisible que ata al espíritu a la misma oscuridad que lo hirió. Quien no perdona permanece ligado a la ofensa como si la siguiera viviendo una y otra vez. La memoria se vuelve prisión.

Por eso el perdón no es un favor que hacemos a quien nos ha ofendido; es una liberación que concedemos a nuestra propia alma.

Cuando perdonamos de verdad, algo profundo se rompe dentro de nosotros: se rompen los nudos del juicio, se disuelve el deseo de retribución, y el corazón se abre nuevamente al flujo de la luz divina. En términos de cábala, el perdón permite que la luz del Ein Sof vuelva a circular por el alma sin bloqueos. La energía del amor vuelve a moverse donde antes había estancamiento.

Quien perdona deja de vivir en el tribunal de los hombres y comienza a habitar en la misericordia de Dios.

Esto revela un misterio espiritual: el perdón que damos está profundamente conectado con el perdón que recibimos. El alma que aprende a liberar también es liberada. El corazón que aprende a absolver también es abrazado por la misericordia divina. La medida con la que abrimos el corazón se convierte en la medida con la que la luz desciende sobre nosotros.

Por eso la cábala enseña que la misericordia —la energía de jesed— es una de las fuerzas más poderosas del universo espiritual. Cuando una persona perdona de corazón, está imitando la forma en que Dios sostiene la creación. El Creador mantiene la vida incluso cuando la humanidad falla, y permite siempre el retorno del alma hacia la luz.

Perdonar es participar de ese mismo movimiento divino.

Pero el perdón verdadero no siempre nace de manera espontánea. A veces el corazón se siente demasiado herido, demasiado cansado o demasiado endurecido para perdonar. En esos momentos el alma debe recordar que el amor no proviene solamente de nuestra fuerza humana.

El amor verdadero desciende como una gracia.

Cuando el corazón no encuentra dentro de sí la capacidad de perdonar, puede elevar una oración sencilla y sincera: pedir que la luz divina ablande lo que se ha endurecido. Pedir que el amor que viene de lo alto sane lo que el dolor cerró. Pedir que el alma recupere su libertad.

Porque el perdón es, en esencia, un acto de liberación espiritual.

Quien perdona corta las cadenas invisibles que lo atan al pasado. Quien perdona se libera de cargar eternamente con la historia de la ofensa. Quien perdona permite que su alma vuelva a caminar ligera, orientada hacia la luz.

Y en ese momento ocurre algo silencioso pero profundo: el alma vuelve a elevarse.

Se eleva por encima del juicio.
Se eleva por encima del dolor.
Se eleva por encima de la ofensa.

Y al elevarse, vuelve a encontrarse con Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,21-35):

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Palabra del Señor.