Como seguidores de Jesús, nuestro principal propósito debe ser ganar la vida eterna, buscando la corrección del carácter y el perfeccionamiento del alma.

Jesús nos enseña, en este caminar terrenal, a ser libres de los bienes materiales, confiándonos el secreto que trae el desprendimiento y haciéndonos conscientes de que, al momento de nuestra partida de este mundo, no nos llevamos nada.

La mejor recompensa viene en la vida eterna.

Mientras vivas esta vida, piensa en positivo y, ante toda situación, acepta con amor que esa es la voluntad de Dios.

El Verdadero Tesoro: Renunciar para Recibir

Pedro le dijo a Jesús: “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Entonces Jesús respondió: “Les aseguro que quien haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o tierras por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, aunque con persecuciones, y en la edad futura, la vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos, y los últimos, primeros” (Marcos 10,28-31).

A primera vista, este pasaje parece una renuncia total a lo material. Sin embargo, Jesús nos revela un misterio espiritual: la verdadera ganancia no está en acumular riquezas en este mundo, sino en conectar con el propósito divino, que nos otorga bienes más elevados.

La cabala nos enseña que el desapego no es una negación del mundo material, sino una transformación de nuestra relación con él. La palabra tikkun, que significa “corrección”, nos recuerda que nuestra misión en este mundo es rectificar nuestro carácter y elevar nuestra alma. No se trata de vivir en pobreza, sino de desprendernos de la esclavitud del ego y del deseo de recibir solo para nosotros mismos.

Jesús nos muestra un principio cabalístico: cuando damos y confiamos en Dios, se activa el flujo de la abundancia. En la Sefirá de Jesed (Misericordia), aprendemos que dar sin esperar nada a cambio abre las puertas para recibir más de lo que imaginamos. Por eso, cuando Jesús habla de recibir cien veces más, no se refiere solo a lo material, sino a una plenitud espiritual que sobrepasa la lógica humana.

Además, la idea de que “los primeros serán últimos y los últimos, primeros” refleja el concepto de Ain Sof (la infinitud de Dios). En la realidad divina, las jerarquías humanas se invierten: quien se vacía de sí mismo y se hace pequeño ante Dios, es quien realmente se engrandece en el mundo venidero.

El desafío es claro: vivir con el corazón desapegado, confiando en que al soltar lo terrenal por amor a Dios, recibimos lo eterno. Así como el río no se aferra al agua, sino que la deja fluir para mantenerse vivo, también nosotros debemos soltar lo que creemos poseer, para que la verdadera abundancia de Dios nos inunde.


Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,28-31):

En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»
Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mi y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros.»

Palabra del Señor.

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