Con amor, Jesús nos enseña sus mandamientos y nos deja una promesa viva:
«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él».

Los mandamientos de Jesús no son reglas vacías, sino un camino de vida fundado en el amor, una senda donde el alma aprende a habitar en la presencia del Padre.

 

– Que se amen unos a otros como yo los he amado
– Amen a sus enemigos
– Perdonen y serán perdonados
– No juzguen y no serán juzgados
– Haz tú lo mismo, hazte prójimo
– Bendigan a los que los maldicen
– Sean perfectos como su Padre del cielo es perfecto
– Sean compasivos como su Padre es compasivo
– Que busquen el Reino de Dios y su justicia
– No atesores bienes en la tierra
– No vivan agobiados por el comer o el vestir
– Vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres
– Tienen que hacerse pequeños como niños
– Sean prudentes como serpientes y sencillos como palomas
– Cuidado con la doctrina de los fariseos
– No te dejes llamar maestro
– No ambicionen los primeros puestos
– Deberán lavarse los pies unos a otros
– El que quiera ser primero, sea el servidor de todos
– Que oren siempre sin desfallecer
– Vigilen y oren, no caigan en la tentación
– Estén en vela, no saben el día ni la hora
– Vayan a trabajar a mi viña
– Anuncien el evangelio a todos los pueblos

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 21-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».
Le dijo Judas, no el Iscariote:
«Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?»
Respondió Jesús y le dijo:
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

Palabra del Señor.

 

El amor que revela

Jesús no entrega mandamientos como quien impone peso, sino como quien abre puertas invisibles. En su enseñanza, cada palabra es una llave, y cada llave abre un nivel más profundo del alma.

«El que me ama… me verá».
No con los ojos del cuerpo, sino con la conciencia despierta.

Desde la mirada de la cábala, el amor no es solo un sentimiento: es un canal. Es el flujo por el cual la luz del Creador desciende y encuentra morada en el corazón del hombre. Por eso, cuando Jesús nos llama a amar —al amigo, al enemigo, al desconocido— no está pidiendo algo emocional, está revelando una estructura espiritual: solo el que ama se vuelve recipiente.

Cada uno de sus mandamientos es una corrección del alma, un tikkun silencioso:

Perdonar limpia las capas del juicio.
No juzgar disuelve la ilusión de separación.
Servir rompe el dominio del ego.
Hacerse pequeño restaura la pureza original.
Dar sin apego libera la ilusión de posesión.

Y así, poco a poco, el alma se alinea.

Porque el verdadero misterio no es cumplir normas, sino transformarse en un espacio donde Dios pueda habitar.

Cuando Jesús dice que se revelará al que ama, está hablando de una revelación interior, no externa. No es que Dios venga desde lejos, es que el velo cae. La luz siempre estuvo, pero el corazón no estaba afinado para percibirla.

Por eso insiste: oren, vigilen, permanezcan.
Porque el olvido es el exilio del alma, y la conciencia es su retorno.

Amar como Él amó es entrar en esa frecuencia donde el cielo y la tierra dejan de estar separados. Es vivir en el mundo, pero con el alma anclada en lo eterno.

Y entonces ocurre el secreto:
el hombre deja de buscar a Dios…
porque comienza a revelarlo.