No importa lo lejos que vayas, no importa la travesía que emprendas: tan solo ten fe.

Jesús está contigo.

Recuerda sus enseñanzas y guarda sus preceptos, porque no está bien descuidar la Palabra de Dios.

Y en esa travesía, recuerda obedecer a Dios antes que a los hombres.

La gloria es para Dios.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,16-21):

AL oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al mar, embarcaron y empezaron la travesía hacia Cafarnaún. Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando. Habían remado unos veinticinco o treinta estadios, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el mar, y se asustaron.
Pero él les dijo:
«Soy yo, no temáis».
Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio adonde iban.

Palabra del Señor.

 

Cuando el camino no revela su destino

Hay travesías en las que todo parece en calma, y sin embargo, el alma —la Neshamá— no sabe hacia dónde va. No hay tormenta que advierta, ni señales que confirmen el rumbo. Solo un avanzar silencioso sobre aguas que no ofrecen respuesta.

En la sabiduría de la cábala, este estado no es ausencia, sino ocultación sutil. La Luz —el Or Ein Sof— permanece, pero no se impone. Se vela a sí misma para que la vasija aprenda a sostenerse sin depender de lo visible. Es en esa aparente claridad donde se revela una prueba más profunda: caminar sin evidencia, creer sin necesidad.

Tener Emuná en este punto no es resistir el caos, sino trascender la ilusión del control. Porque cuando todo parece estable, el hombre olvida que sigue siendo guiado. Y entonces, sin darse cuenta, suelta la Fuente y confía en la superficie.

Pero quien despierta, recuerda.

Recuerda que la Shejiná no solo habita en la tormenta, sino también en el silencio. Que cada instante, incluso el más sereno, es sostenido por una Voluntad superior que desciende desde Kéter hasta Maljut, dando forma al camino aunque este no sea comprendido.

Guardar los preceptos en medio de la calma es un acto de conciencia elevada. Es elegir la alineación sin que el dolor la exija. Es vivir conectado, no por urgencia, sino por verdad.

Y cuando el mundo ofrece múltiples direcciones, la voz del Creador no siempre irrumpe: susurra. Escucharla requiere quietud interior, una disposición a obedecer lo invisible por encima de lo evidente.

Entonces, el alma comprende: no se trata de saber a dónde va, sino de saber con Quién camina.

Porque incluso en la calma, el destino no se alcanza por dirección, sino por adhesión a la Luz.

Y toda gloria, incluso la que nace en el silencio, es para Dios.