Perdónate a ti mismo y permite que el Espíritu Santo habite en ti, para que comiences a vivir desde ahora en el Reino de los Cielos.

No te inquietes por el pasado; habita el presente con fe, confiando plenamente en Dios.

Sigue tu proyecto de vida, sostenido siempre por la oración, que ordena el corazón y alinea el alma.

Vive y deja vivir. Perdónate a ti mismo y orienta tu vida únicamente hacia Dios.

Recuerda: todo es para bien, porque incluso lo que duele es parte del tikkun que tu alma vino a realizar.

No confundas la Luz con la sombra

El alma vive en tensión entre dos fuerzas: la Luz que desciende desde lo Alto y las sombras que la mente construye para protegerse del cambio. Cuando la Luz irrumpe y desordena lo conocido, el ego la acusa, porque no soporta perder su dominio.

La cábala enseña que el mal no tiene existencia propia; es solo ocultamiento. Llamar oscuridad a la Luz es la forma más profunda de exilio interior, pues allí el corazón se cierra y la Shejiná no encuentra morada.

El Ruaj HaKodesh actúa donde hay apertura y humildad. Cuando el ser humano endurece su juicio y atribuye al lado impuro lo que nace del Eterno, rompe el flujo entre las sefirot y corta el canal por donde desciende la bendición.

No se trata de palabras, sino de intención. No es el error lo que separa al alma de Dios, sino la negativa a reconocer la verdad cuando esta se revela. Allí no hay tikkun posible, porque el recipiente rechaza la Luz que podría restaurarlo.

Discierne, entonces, desde el silencio interior. Pregúntate si aquello que juzgas libera o encadena, si devuelve la vida o la consume. Donde hay liberación, hay santidad; donde hay vida, allí actúa Dios.

Abre tu interior a la Luz sin temor. No llames sombra a lo que viene a sanarte. Recuerda: el Reino comienza cuando el corazón deja de resistirse a la verdad.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (3,22-30):

EN aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:
«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres:
los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

 

Perdónate a ti mismo y vive en armonía

En el Evangelio de Marcos (3,22-30), Jesús responde a los que lo acusan de actuar con el poder de fuerzas malignas. Él deja en claro que un reino dividido no puede mantenerse en pie, y subraya que todo pecado puede ser perdonado, excepto rechazar la obra del Espíritu Santo. Este pasaje nos invita a reflexionar sobre la importancia del perdón y la unidad interior.

A menudo, nuestra vida se siente como un «reino dividido» cuando cargamos con culpas, resentimientos o errores del pasado. Esa división interna nos impide vivir plenamente y en armonía con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Sin embargo, Jesús nos enseña que el perdón es el puente que nos devuelve la unidad. Nos invita no solo a perdonar a los demás, sino también a perdonarnos a nosotros mismos. ¿Por qué? Porque al perdonarnos, abrimos la puerta para que el Espíritu Santo entre en nuestro corazón.

Perdonarse a uno mismo no es un acto de debilidad, sino de profunda humildad. Es reconocer que necesitamos la gracia de Dios para sanar nuestras heridas y que no podemos avanzar en nuestra vida espiritual si seguimos atados al peso del pasado. El Espíritu Santo, que es el amor vivo de Dios, no habita en un corazón lleno de culpas y auto-reproches. Solo cuando dejamos ir esas cargas permitimos que su luz ilumine nuestra alma, transformando el caos en paz y la culpa en redención.

Jesús mismo es el Espíritu Santo que actúa en nosotros. Él nos ofrece el perdón divino y nos invita a seguirle en un camino de amor y reconciliación. Cuando nos perdonamos, aceptamos ese regalo de gracia que Él nos concede. Y es precisamente esa gracia la que nos da la fuerza para vivir en armonía, no solo con Dios, sino también con nosotros mismos y con quienes nos rodean. El perdón, entonces, no es un fin en sí mismo, sino un comienzo: el inicio de una vida guiada por el amor y la confianza en Dios.

Además, Jesús nos recuerda que el Reino de los Cielos está cerca, y podemos comenzar a vivirlo aquí y ahora, si dejamos que el Espíritu Santo nos transforme. Esta transformación comienza con el perdón. Perdonarte a ti mismo es reconocer que Dios te ama incondicionalmente, que tus errores no te definen, y que, al confiar en Él, puedes construir un presente lleno de paz y propósito.

El amor y el perdón son las llaves que abren las puertas del Reino de los Cielos en nuestra vida diaria. Cuando eliges perdonarte, estás diciendo “sí” al amor de Dios y permitiendo que su Espíritu habite en ti. Desde ese momento, puedes caminar con la certeza de que todo es para bien y que, en comunión con Él, tu vida tiene un propósito eterno.

Hoy es el momento de perdonarte a ti mismo. Deja que el Espíritu Santo, que es el mismo Jesús, habite en tu corazón y te llene de su paz. Vive el presente con fe, confiando en que Dios tiene un plan para ti. Recuerda: el amor y el perdón son el camino hacia la armonía. ¡Perdónate y vive plenamente en el amor de Dios!

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