Jesús nos invita a no temer lo que vendrá. En cambio, nos enseña que debemos esforzarnos por vivir de manera coherente y espiritual si queremos entrar en el Reino de Dios. Seguir a Jesús significa vivir como Él vivió, permaneciendo fiel a la voluntad del Padre a pesar de las heridas y los azotes. Esa fidelidad y amor inquebrantable son lo que realmente engrandece el alma y nos acerca al Reino de Dios.

 

La Puerta Estrecha y la Luz del Alma

Jesús nos habla en el Evangelio de Lucas sobre la puerta estrecha que conduce al Reino de Dios. Muchos intentarán entrar, pero no todos lo lograrán, porque no basta con “conocer de lejos” a Dios, sino que se requiere una vida en coherencia con Su voluntad.

La cábala enseña que el alma tiene diferentes niveles de conexión con la luz divina, y que el ego —el yetzer hará, la inclinación al mal— ensancha el camino de la ilusión, mientras que la humildad y la pureza de intención lo estrechan, alineándonos con la verdad. La puerta estrecha no es un castigo, sino un filtro: solo quien ha refinado su interior puede dejar pasar la luz a través de sí mismo.

Cada elección que tomamos, cada pensamiento y acción, es como una chispa que acerca o aleja nuestra alma del Reino. Así como la cábala enseña que medida por medida recibimos lo que damos, Jesús nos recuerda que no bastan las apariencias, sino el corazón purificado por el amor y la verdad.

La invitación es clara: no temas la estrechez del camino, porque es allí donde tu alma se hace más fuerte. La puerta angosta es la que abre a la infinitud del Reino.

Reflexión: ¿Qué apegos, miedos o ego debes dejar atrás para pasar por la puerta estrecha y dejar que la luz de Dios habite en ti?


Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,22-30):

En Jesús pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén.
Uno le preguntó:
«Señor, ¿son pocos los que se salvan?».
Él les dijo:
«Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo:
Señor, ábrenos;
pero él os dirá:
“No sé quiénes sois”.
Entonces comenzaréis a decir:
“Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”.
Pero él os dirá:
“No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”.
Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».

Palabra del Señor.

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