
Como hombre de fe, debes saberlo con certeza:
todo lo que viene de Dios es bueno.
Siéntete afortunado,
porque en verdad lo eres.
Da gracias a Dios.
La oración del Magnificat es el canto que María eleva a Dios en el momento sagrado de su visita a su prima Isabel.
Un desbordamiento del alma que reconoce la obra del Altísimo y proclama, sin titubeos, que toda grandeza nace de Él.
Oración
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
“se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava”.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
“su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
“derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia”
Cuando el alma reconoce su origen
Dar gracias a Dios no es un gesto aprendido, es un despertar. El Magnificat no nace de la razón, brota del alma que ha tocado su raíz. María pronuncia palabras, pero lo que se eleva es su conciencia alineada con la Voluntad divina. En términos de cábala, su alma se coloca en Maljut y, desde la humildad absoluta, permite que la Luz del Ein Sof fluya sin resistencia.
Quien vive en fe comprende una verdad inquebrantable: todo lo que proviene de Dios es bueno, incluso aquello que aún no entendemos. La fe no juzga los eventos; los reconoce como movimientos del Tikkún, correcciones necesarias del alma en su camino de retorno. Por eso el agradecimiento no depende de las circunstancias, sino del conocimiento interior de que nada sucede fuera del Orden divino.
Sentirse afortunado no es arrogancia, es conciencia. Es saber que la Shejiná habita en la vida de quien confía, de quien acepta, de quien no huye del designio. María se sabe mirada, no exaltada por méritos propios, sino por haber hecho espacio. Así actúa la Luz: desciende allí donde hay vasija.
El Magnificat nos revela que la verdadera grandeza consiste en dejar que Dios sea Dios en nosotros. Y cuando eso ocurre, el alma descansa, agradece y proclama, con silenciosa firmeza, que todo lo de Dios —absolutamente todo— es bueno.
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Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,46-56):
En aquel tiempo, María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
“se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava”.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
“su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
“derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia”
—como lo había prometido a “nuestros padres”—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.
Palabra del Señor.