
Benditos aquellos que son llamados hijos de Dios.
Benditos los que hacen Su voluntad.
Jesús nos enseña que el amor y la misericordia son el fundamento de una vida alineada con la voluntad de Dios. A través de las Escrituras, nos guía como una luz que desciende desde lo alto, revelando el camino que conduce al propósito verdadero.
En cada instante, está en ti el discernimiento: reconocer la voluntad de Dios, elegir con sabiduría y vivir conforme a Sus mandatos. Ahí se manifiesta el libre albedrío como כלי (kli), el recipiente donde la luz divina puede habitar.
Por eso ora y di desde lo profundo de tu alma:
«Espíritu Santo, ilumíname para comprender y seguir la voluntad de Dios».
Hijos de la Voluntad
Ser hijo de Dios no es una condición de sangre ni de cercanía externa, sino un estado del alma. En el lenguaje de la cábala, no se trata del linaje del cuerpo, sino del despertar del neshamá, el aliento divino que reconoce su origen y decide alinearse con él.
La voluntad de Dios no es una orden impuesta desde lo alto, sino una luz que desciende esperando un kli, un recipiente dispuesto a recibirla. Quien hace la voluntad de Dios se convierte en ese recipiente: ordena su interior, purifica su intención y permite que la Luz fluya sin resistencia.
El amor y la misericordia son expresiones de jesed, la fuerza expansiva que sostiene la creación. Cuando el ser humano actúa desde el amor, armoniza el rigor del juicio y repara el mundo a través del tikkun, devolviendo equilibrio a lo que estaba fragmentado.
Discernir la voluntad de Dios es un acto constante. Requiere silencio interior, biná para comprender y jojmá para elegir. Cada decisión tomada desde la conciencia eleva chispas dispersas y transforma la vida cotidiana en un espacio sagrado.
Así, quien vive haciendo la voluntad de Dios deja de buscar pertenencia en lo externo y descubre que su verdadera familia está formada por todos aquellos que caminan en la misma dirección: hacia la Fuente, hacia la Unidad, hacia la Luz.
Lectura del santo evangelio según san Marcos (3,31-35):
En aquel tiempo, llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron llamar.
La gente que tenía sentada alrededor le dijo: «Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan.»
Les contestó: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?»
Y, paseando la mirada por el corro, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.»
Palabra del Señor.
Discernir la voluntad de Dios: vivir con amor y misericordia
En el Evangelio de Marcos (3,31-35), Jesús declara: «Todo aquel que cumple la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre.» Con estas palabras, nos enseña que la verdadera familia de Dios no está definida solo por vínculos de sangre, sino por la disposición de nuestro corazón para vivir según Su voluntad. Pero, ¿cómo discernimos cuál es esa voluntad?
A menudo pensamos que hacer la voluntad de Dios significa buscar respuestas sobre el futuro, como si se tratara de adivinar un destino específico o un plan oculto. Sin embargo, Jesús nos muestra que la voluntad de Dios no se trata de vivir preocupados por lo que vendrá, sino de actuar en el presente con amor y misericordia. Es en nuestras decisiones diarias, guiadas por el Espíritu Santo, donde podemos alinear nuestra vida con los designios divinos.
Discernir la voluntad de Dios no es mirar hacia el futuro con incertidumbre, sino escuchar el presente con el corazón abierto. Es atender a los anhelos profundos que Dios ha puesto en nuestra alma: esos deseos que nos acercan al bien, a la justicia y al amor. Pero no basta con desear; debemos actuar. Jesús nos enseña que la acción debe estar fundamentada en dos pilares: el amor y la misericordia.
- Amor: Dios es amor, y vivir en Su voluntad significa que nuestras decisiones deben ser guiadas por ese amor. Amar no es solo sentir, es elegir el bien del otro, incluso cuando nos cueste. Es amar como Jesús nos ama, sin condiciones ni límites.
- Misericordia: En un mundo lleno de juicios y divisiones, la misericordia nos recuerda que todos somos imperfectos y necesitamos el perdón y la comprensión. Discernir la voluntad de Dios implica actuar con un corazón compasivo, ayudando a quienes nos rodean y ofreciendo esperanza en lugar de condena.
Jesús nos da una clave importante en este Evangelio: cumplir la voluntad de Dios nos convierte en parte de Su familia. Esto significa que cada vez que elegimos actuar con amor y misericordia, nos acercamos más al corazón de Cristo. Cada decisión tomada desde el amor nos une a Él y a la misión divina de transformar el mundo.
No debemos temer equivocarnos al discernir. El Espíritu Santo está siempre con nosotros, iluminando nuestro camino cuando buscamos con sinceridad. Podemos orar: «Espíritu Santo, ilumíname para saber cuál es la voluntad de Dios.» Esta oración nos conecta con esa guía divina que nunca nos abandona.
Reflexión final:
Discernir la voluntad de Dios es vivir alineados con el amor y la misericordia en cada momento. Es permitir que nuestras decisiones reflejen la bondad de Dios, sin preocuparnos demasiado por el mañana. Recuerda que no necesitas tener todas las respuestas; lo único necesario es confiar en que, cuando actúas desde el amor, estás cumpliendo con el llamado divino.
Hoy, pregúntate: ¿cómo puedo vivir con más amor y misericordia? Porque ahí, en esos pequeños actos, se encuentra la voluntad de Dios para tu vida.
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