
Jesús nos enseña el camino espiritual para regresar al Padre, revelándonos que todos somos iguales y que nuestra prueba en este mundo es vivir con amor.
Todo lo que te sucede en este mundo tiene un propósito en el perfeccionamiento de tu alma, porque así lo ha querido Dios, y tu alma, antes de descender a este mundo, así lo ha aceptado. Entonces, da gracias a Dios por todo lo que te ocurre, porque todo es para bien. Entra en oración; pide la fortaleza para transformar los aspectos débiles de tu carácter y la firmeza para atravesar las pruebas de la vida, de modo que tus decisiones sean correctas y coherentes con una vida de amor.
Acepta todo y a todos con amor, vive con alegría y disfruta la vida sanamente, porque todo es un regalo de Dios.
Lectura del santo evangelio según san Juan (13,16-20):
Cuando Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy.
En verdad, en verdad os digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado».
Palabra del Señor.
El misterio del servicio: el camino de la Luz
El camino espiritual comienza cuando el alma comprende que no ha venido a elevarse por encima de otros, sino a alinearse con la voluntad del Padre. Jesús revela esta verdad no solo con palabras, sino con actos: quien sirve, se corrige; quien se humilla, se ordena; quien ama, se eleva.
En la sabiduría de la cábala, toda alma es una vasija creada para recibir y revelar la Luz. Sin embargo, el ego distorsiona este propósito, haciendo que el hombre busque ser mayor, reconocido o exaltado. Por eso, el servicio no es un acto menor: es un instrumento de tikkun, una corrección profunda del deseo de recibir solo para uno mismo.
Cuando Jesús enseña que el enviado no es mayor que quien lo envía, establece un principio espiritual: el alma encuentra su plenitud cuando reconoce su origen y actúa en coherencia con él. No hay grandeza en la separación, sino en la conexión. No hay elevación en el dominio, sino en la entrega consciente.
Todo lo que el alma vive forma parte de su proceso de perfeccionamiento. Cada encuentro, cada prueba y cada situación son oportunidades diseñadas para pulir la vasija, para expandir su capacidad de amar y de reflejar la Luz. Aceptar este proceso con fe es alinearse con el orden divino.
Servir, entonces, no es rebajarse, sino transformarse. Es permitir que la Luz fluya sin obstrucciones. Es reconocer la chispa divina en el otro y actuar desde esa verdad.
Quien vive así deja de resistir la vida y comienza a comprenderla. Y en esa comprensión, el alma se ordena, se corrige y avanza, paso a paso, en su regreso al Padre.