
Nuestra misión en la familia es hacer que el Reino de los Cielos se vuelva una realidad viva.
Entonces, sé ejemplo y comienza por pedir la gracia de ser luz para los demás.
Sigue el ejemplo de Jesús y acepta tu realidad con amor, sabiendo que todo es para el bien de tu alma.
Cuando la Luz aprende a habitar
Toda alma llega a este mundo con una misión precisa, aunque al inicio parezca frágil, pequeña, oculta. La cábala enseña que la Luz infinita se contrae —tzimtzum— para poder habitar lo finito. Así también la promesa divina se reviste de tiempo, de familia, de espera.
El hogar es el primer santuario. Allí comienza el tikkún: el trabajo silencioso de reparar el mundo a través de actos simples, obedientes, cotidianos. No se trata de gestos grandiosos, sino de fidelidad. La Luz no irrumpe; se ofrece. Y solo los corazones afinados por la emuná saben reconocerla.
Hay quienes ven con los ojos, y hay quienes ven con el alma. La cábala llama a esto daat: el conocimiento que une lo visible con lo invisible. Cuando el alma alcanza ese umbral, reconoce que todo ha valido la pena, que la espera no fue vacía, que incluso el tiempo fue un servidor del propósito.
Aceptar la propia realidad no es resignación; es alineación. Es comprender que nada llegó antes ni después, que todo ocurrió en el instante justo para el crecimiento del alma. Lo que parece límite es vasija, y la vasija existe solo para contener Luz.
La bendición no siempre es posesión; a veces es revelación. Quien vive en emuná puede partir en paz de cada etapa, porque sabe que el plan no le pertenece, pero lo incluye. Así, la Luz continúa su camino, y el alma, habiendo cumplido, descansa en la certeza de que el Reino comienza allí donde alguien aprende a reconocerlo.
Lectura del Santo Evangelio según san Lucas (2,22-40):
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor»), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.
Palabra del Señor.