
Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Acojamos a Jesús en nuestro corazón para que sea nuestro guía y maestro en este camino terrenal. Sigamos su Palabra, para vivir libres del pecado y alcanzar la salvación, aun mientras habitamos esta vida material con rectitud y sentido.
Recordemos también sus propias palabras, firmes como roca eterna:
«No penséis que he venido para abolir la Ley o los Profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir».
En Él, la Ley se vuelve vida; y el camino, redención.
El Cordero y la Luz que repara
En el lenguaje secreto de la cábala, nada aparece por casualidad. Cuando se revela el Cordero, no se anuncia solo un sacrificio, sino un acto de tikkún: la reparación profunda de aquello que fue fragmentado desde el origen. El pecado no es solo una falta moral; es una desconexión, una fisura en la vasija del alma que impide que la Luz fluya con plenitud.
El Cordero representa la entrega silenciosa que permite que la Shejiná vuelva a habitar en el mundo. Allí donde el ser humano se apartó, la Luz desciende de nuevo, no para anular la Ley, sino para colmarla de sentido. La cábala enseña que la Ley es un canal; sin Luz, es peso, pero con Luz, se vuelve vida.
Cuando el espíritu reconoce al Maestro y se deja guiar, entra en el camino de la emunah: una confianza viva que alinea el corazón, la acción y la intención. En ese alineamiento, el alma comienza a elevarse por las sefirot, desde la acción concreta hasta la conciencia más alta, restaurando el vínculo entre el cielo y la tierra.
Ser guiados por el Cordero es aceptar un liderazgo que no impone, sino que revela. No borra la responsabilidad humana, la purifica. No elimina la lucha interior, la ordena. Así, la existencia terrenal deja de ser un exilio y se convierte en un espacio sagrado donde cada acto justo libera chispas de Luz.
Quien reconoce esta verdad ya no vive para huir del mundo, sino para sanarlo. Porque cuando la Luz habita en el corazón, el mundo mismo comienza a ser reparado.
Lectura del santo Evangelio según san Juan (1,29-34):
Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: «Trás de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel.»
Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.» Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»
Palabra del Señor.
Vamos a reflexionar:
- Reconoce a Jesús, el Cordero de Dios
- Juan Bautista nos presenta a Jesús como quien quita el pecado del mundo. Al asumir esta verdad en tu vida, permites que Él purifique tu corazón y sane tus heridas.
- Permite que su Palabra te guíe
- Al recibir a Jesús como maestro en tu viaje terrenal, hallarás la libertad del pecado y la fuerza para vivir en armonía, tanto contigo mismo como con quienes te rodean.
- Comprende que vino a cumplir, no a abolir
- Jesús no desecha la ley ni a los profetas, sino que los lleva a plenitud. Su ejemplo nos invita a vivir con justicia, amor y fidelidad, cumpliendo la voluntad de Dios en cada paso que damos.
Es entender que el camino de regreso a la casa de Dios apenas comienza. No creas en la mala interpretación que puedes hacer lo que quieras porque todos los pecados ya estan perdonados y todos vamos al cielo, porque no lo sabemos. Recuerda que sin transgresiones no hay tribulaciones.