Jesús nos enseña, con su ejemplo, a servir de corazón y a cumplir la voluntad de Dios, presente en todas partes.

Que tu testimonio y servicio lleguen a cada lugar, pues eso es lo que el Señor nos pide. Hazlo siempre dando gracias a Dios.

Haz el bien y no mires a quién.

Cuando el servicio se vuelve canal

Servir no es solo un acto externo: es una alineación interior. En la sabiduría de la cábala, toda acción nace en lo oculto y se manifiesta en lo visible. Cuando el corazón se ordena, el mundo también comienza a ordenarse. Así, el servicio verdadero no busca reconocimiento, sino tikkun: la reparación del alma y del entorno.

Quien sirve con kavvaná —intención pura— se convierte en canal de shefá, la abundancia divina que desciende desde lo alto hacia Maljut, el mundo concreto donde caminamos. No se sirve para ser visto, se sirve para permitir que la Luz circule. El agradecimiento constante abre las vasijas interiores; la queja las agrieta, la gratitud las expande.

El bien auténtico nace de Jesed, la misericordia que se entrega sin medida, y se equilibra en Tiferet, donde el amor se vuelve armonía y verdad. Por eso, hacer el bien “sin mirar a quién” no es ingenuidad: es conciencia elevada. Es comprender que toda alma participa del mismo entramado y que cada gesto recto reordena los mundos.

Quien ora en lo secreto y actúa en lo público une cielo y tierra. El silencio interior prepara la acción justa. El retiro fortalece el envío. Así, la vida entera se vuelve servicio, y el servicio, una forma de oración constante.

Cuando sirves de corazón, no eres tú quien actúa: la Luz encuentra paso. Y allí donde llega, algo se sana, algo despierta, algo vuelve a Dios.

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Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,29-39):

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.
Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca.»
Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

Palabra del Señor.

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