
Tienes que saber que todo lo que sucede en este mundo está bajo la voluntad de Dios, y que cada acontecimiento tiene una razón.
La fe es creer que todo está bajo el gobierno de Dios y que, incluso cuando no lo comprendemos, todo obra para bien.
Medita en cómo ha sido tu vida a la luz de lo enseñado por Jesús y corrige tu camino, para que tu alma llegue al Reino de Dios.
Revisa siempre qué es lo que brota de tu corazón.
La apertura de los ojos del alma
La sabiduría de la cábala enseña que el ser humano no solo vive en el mundo visible, sino también en un mundo interior donde se define su verdadera percepción de la realidad. El problema del hombre no suele ser la falta de luz, sino la incapacidad de percibirla.
El universo está lleno de luz divina. Todo lo que existe está sostenido por la emanación del Creador. Sin embargo, el corazón humano muchas veces permanece cubierto por velos que le impiden ver. Estos velos nacen del ego, del miedo, de los pensamientos desordenados y de las heridas que se acumulan en el alma.
Por eso los sabios de la cábala enseñan que el primer despertar espiritual no consiste en cambiar el mundo exterior, sino en abrir los ojos del alma.
La conciencia humana se mueve entre distintos niveles. En los niveles más bajos, la persona vive reaccionando a lo que ocurre, atrapada en preocupaciones, deseos y conflictos. Pero cuando el alma comienza a elevarse, la percepción cambia. El hombre empieza a ver con mayor claridad la raíz espiritual de las cosas.
Esto ocurre porque la luz divina desciende constantemente desde las sefirot superiores hacia el mundo inferior. Esa luz busca un recipiente dispuesto a recibirla. Cuando el corazón se suaviza, cuando la persona se vuelve humilde y sincera, ese recipiente comienza a formarse.
Entonces ocurre algo silencioso pero profundo: la mirada interior se transforma.
La cábala llama a este proceso tikkun, la reparación del alma. No se trata simplemente de mejorar el comportamiento exterior, sino de purificar el corazón y ordenar el pensamiento para que la conciencia pueda reflejar la luz del Creador.
Cuando el corazón se sana, la mente comienza a pensar con claridad. Y cuando el pensamiento se alinea con la verdad, los ojos del alma se abren.
En ese momento el ser humano comienza a percibir algo que antes estaba oculto. Descubre que la realidad no está gobernada por el caos, sino por una sabiduría superior. Comprende que cada acontecimiento tiene una raíz espiritual y que la vida está guiada por una providencia invisible.
La cábala enseña que el mundo es como un tejido de luz oculto dentro de la materia. Quien vive con los ojos cerrados solo ve la superficie de las cosas. Pero quien despierta espiritualmente comienza a ver las chispas divinas escondidas en cada momento de la existencia.
Y cuando el alma aprende a ver esas chispas, la vida entera se convierte en un camino de revelación.
El despertar espiritual es precisamente eso: el momento en que el corazón deja de vivir en la oscuridad y comienza a percibir la luz que siempre ha estado presente.
Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):
En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «Él mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.
Palabra del Señor.
Cuando la luz de Dios abre los ojos
Jesús nos enseña que Dios no solo mira lo que hacemos, sino la condición de nuestro corazón y la profundidad de nuestra alma. En el evangelio de Juan se nos presenta un acontecimiento lleno de misterio espiritual: un hombre que vivía en la oscuridad recibe la posibilidad de ver. Pero más que un milagro físico, este relato revela cómo Dios abre los ojos del alma.
El gesto de Jesús es profundamente simbólico. Toma tierra, hace barro y lo coloca sobre los ojos del hombre. Luego lo envía a lavarse en la piscina de Siloé.
Nada en esta escena es casual.
La tierra nos recuerda de dónde viene el ser humano. Desde los antiguos sabios se enseña que el hombre fue formado del polvo de la tierra y animado por el aliento del Creador. Esto significa que nuestra naturaleza es humilde, frágil y limitada. Somos criaturas hechas de materia, con debilidades y oscuridades.
Ese barro representa nuestra condición humana.
Pero Jesús no rechaza ese barro. Lo toma en sus manos y lo utiliza para sanar. Esto revela una enseñanza profunda: Dios no desprecia nuestra fragilidad; la toma para transformarla.
La sabiduría de la cábala enseña que el mundo material pertenece al nivel más bajo de la manifestación divina, llamado Maljut, donde la luz de Dios parece oculta. Sin embargo, cuando la luz desciende desde las sefirot superiores, incluso lo más material puede convertirse en un canal de revelación.
El barro sobre los ojos nos muestra que muchas veces la oscuridad del ser humano nace precisamente de su condición limitada. El ego, el miedo, la ignorancia y las heridas del corazón nublan la mirada del alma.
Pero entonces ocurre otro gesto lleno de significado: la saliva que sale de Jesús.
En el lenguaje espiritual, lo que brota de la boca representa el aliento de vida y la palabra que procede de Dios. La saliva recuerda al agua, símbolo de purificación y vida. En la tradición espiritual, el agua representa la luz divina que limpia, ordena y renueva.
Así, la tierra y el agua se encuentran.
Materia y vida.
Fragilidad humana y emanación divina.
Cuando estos dos elementos se unen, ocurre algo extraordinario: lo que era oscuridad comienza a abrirse a la luz.
Luego Jesús envía al hombre a lavarse en la piscina de Siloé. Este detalle también es profundamente simbólico. Siloé significa “enviado”. El hombre es enviado a lavarse para completar el proceso de sanación.
Esto revela que la obra de Dios en el ser humano muchas veces requiere un paso de obediencia.
La luz comienza la obra, pero el alma debe responder.
Cuando el hombre se lava, sus ojos se abren. Pero el verdadero milagro no es solo que recupere la vista física. El milagro es que comienza a ver con una conciencia nueva.
La cábala enseña que el despertar espiritual ocurre cuando la luz divina toca el interior del hombre y despierta su percepción. Los sabios llaman a esto un despertar desde lo Alto, cuando la gracia divina ilumina el alma.
Entonces la persona comienza a ver lo que antes no veía.
Empieza a reconocer la presencia de Dios en su vida.
Comprende que los acontecimientos tienen un propósito.
Descubre que incluso en la oscuridad puede esconderse una oportunidad de revelación.
El relato nos enseña que Dios puede tomar el barro de nuestra vida —nuestras limitaciones, nuestras heridas, nuestras debilidades— y convertirlo en el lugar donde su luz se manifiesta.
Cuando la luz de Dios toca el corazón del hombre, los ojos del alma se abren.
Y cuando el alma aprende a ver, el mundo entero deja de ser oscuridad y comienza a revelar la presencia viva del Creador.