Es Dios quien te da vida

 

Jesús vino al mundo para traernos vida por medio de la Palabra, para que, a través de Él, aprendamos la fe y reconozcamos el camino de regreso a la Casa de Dios.

Escucha a Jesús, sigue sus enseñanzas, y tu paso por este mundo será más pleno mientras avanzas, con esperanza firme, hacia la vida eterna.

La Palabra que engendra la Vida

Antes de todo comienzo, la Palabra ya era luz encendida en el misterio. No nació del ruido ni del azar, sino del seno mismo de Dios, donde todo vive y todo encuentra sentido. Esa Palabra descendió al mundo para habitar entre nosotros y recordarnos quiénes somos y de dónde venimos.

Desde la sabiduría de la cábala, la palabra no es un simple sonido: es energía creadora. Con ella se edifica o se destruye, se eleva o se oscurece. En lo que hablamos habita la vida y también la muerte, porque cada palabra libera una chispa o la apaga. Por eso, quien ha recibido la Palabra está llamado a custodiar su lengua como se custodia un fuego sagrado.

Jesús es la Palabra hecha carne, la expresión viva del deseo de Dios de acercarse al hombre. Al escucharlo y seguirlo, aprendemos a ordenar nuestro interior, a reparar lo roto y a volver al camino de la Casa del Padre. Su enseñanza no solo transforma el alma: reordena la realidad.

Hablar palabras de vida es alinearse con la luz. Es permitir que la chispa divina fluya a través de nosotros y sane lo que toca. Cada palabra pronunciada con fe se convierte en semilla eterna. Elegir la vida comienza por la boca, porque quien habla desde la luz, ya camina hacia ella.

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Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor.

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