Se fuente de esperanza

 

Abre tu corazón y, con amor, conviértete en fuente de esperanza para los demás, sembrando la confianza y la certeza que las almas necesitan para orientarse hacia la vida eterna.

Proclama la omnipotencia de Dios, nuestro Padre celestial que está en los cielos, Aquel para quien nada es imposible.

Recuerda que lo que entregas es lo que recibes; por eso, al dar vida, recibirás vida: una vida plena en este caminar terrenal y la promesa de la eternidad.

Sé fuente de esperanza con tu ejemplo, pues la vida predicada con obras resuena más fuerte que cualquier palabra.

Y, ante todo, que prime la fe, para que de ella renazca la esperanza y el amor viva, firme y fecundo, en cada corazón.

Reflexión breve: “Sé portador de esperanza”

  • Testigo de la luz: Igual que Juan, estamos llamados a reflejar la luz de Cristo en nuestras acciones y palabras.
  • Humildad y sencillez: Juan no quiso robar el centro de atención; su misión fue dirigir las miradas hacia Jesús.
  • Invitación: Hoy, cada uno de nosotros puede transmitir un rayo de esperanza a los demás, no con grandes discursos, sino con gestos sinceros de amor y servicio.

¿Estás listo para ser mensajero de la luz en tu entorno?

Hoy, haz un alto para preguntarte:

  • ¿De qué manera puedo convertirme en testigo de la luz en mi entorno?
  • ¿Estoy compartiendo esperanza con quienes me rodean, o me quedo en mis propias preocupaciones?

Recuerda: no se trata de ser el centro, sino de reflejar la presencia de Cristo, Aquel que viene y vive en medio de nosotros. Sé fuente de esperanza para los demás, y permite que la gracia de Dios fluya a través de ti.

Ser Testigo de la Luz

No todos están llamados a ser la Luz, pero todos están llamados a dar testimonio de ella.
Así enseña la cábala: la Luz infinita no se posee, se refleja. El alma no brilla por sí misma; se vuelve luminosa cuando se vacía del ego y se convierte en canal.

El verdadero testigo no se anuncia, no se exalta, no se coloca en el centro. Sabe que su misión es señalar, no ocupar el trono. Como un dedo que apunta al cielo y desaparece para que otros miren lo eterno, así actúa quien ha comprendido el orden espiritual.

La cábala revela que el mundo fue creado para recibir Luz, pero solo puede hacerlo a través de vasijas preparadas. El corazón humilde es la vasija más pura. Quien reconoce que no es la fuente, sino el conducto, permite que la esperanza fluya sin distorsión y que la fe se vuelva experiencia viva.

Ser fuente de esperanza no significa convencer, sino vivir alineado. La coherencia del alma abre caminos donde las palabras no llegan. Cuando la vida se ordena, la Luz se filtra; cuando la intención es recta, la verdad se vuelve visible.

Proclamar la omnipotencia de Dios no es gritarla, sino confiar plenamente en ella. Es caminar sin miedo, sabiendo que todo está sostenido por una Voluntad superior y que nada escapa al diseño del cielo.

La cábala enseña una ley inquebrantable: lo que emanas, regresa. Quien siembra certeza, recoge paz. Quien entrega esperanza, habita en ella. Así, la vida eterna comienza ahora, en la forma en que se vive lo cotidiano.

Que la fe sea la raíz.
Que la esperanza sea el fruto.
Que el amor sea la evidencia.

Y que tu vida, sin proclamarse Luz, la revele.

 

Leer mas

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,6-8.19-28):

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»
Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»
Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»
El dijo: «No lo soy.»
«¿Eres tú el Profeta?»
Respondió: «No.»
Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»
Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Palabra del Señor.

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