Confía de Dios

Jesús nos enseña a confiar en Dios, a vivir llenos de esperanza y alegría por medio de la fe, con la certeza de que Él provee siempre.
Permanece en la calma y fortalece tu fe. Vive con gozo, dando gracias a Dios en todo lugar y en todo momento.
La prueba de quienes tienen está en compartir lo que poseen; la prueba de quienes no tienen, en confiar plenamente en Dios.
Tres puntos que profundizan en el mensaje:
- Confianza plena en la providencia de Dios
- Jesús nos recuerda que la fe en Dios es nuestra fuente de tranquilidad y alegría. La certeza de que Él proveerá lo necesario debe guiarnos a vivir sin temor, confiando en que, incluso en las pruebas, Dios nunca nos abandona.
- El poder de compartir
- Para quienes tienen, el llamado de Jesús es claro: compartir no es solo un acto de generosidad, sino una forma de manifestar la fe en acción. Cuando compartimos lo que tenemos, nos convertimos en instrumentos de la providencia divina para los demás.
- La prueba de la fe para quienes carecen
- Para quienes enfrentan la carencia, el desafío es confiar plenamente en Dios. Este acto de fe no es pasivo, sino una declaración de esperanza activa en que Él abrirá caminos, incluso en medio de las dificultades.
Cuando la confianza abre los cielos
La cábala nos enseña que la carencia no es ausencia, sino un velo. Detrás de lo que parece insuficiente, la Luz ya ha sido preparada. El alma que aprende a confiar se alinea con la providencia y descansa, porque sabe que el flujo divino nunca se detiene: solo espera un recipiente dispuesto.
Confiar en Dios no es ingenuidad; es conciencia. Es reconocer que todo sustento desciende desde una raíz superior y que el miedo nace cuando el corazón se desconecta de esa fuente. La fe verdadera aquieta el espíritu, lo llena de alegría serena y lo sitúa en el presente, donde la bendición siempre ocurre.
Para quien tiene, la cábala revela una ley precisa: lo que no circula, se estanca. Compartir no es perder, es abrir canales. Cuando el ser humano da, imita el movimiento del Creador, que constantemente entrega vida. Así, el que comparte se convierte en socio de la providencia, un conducto por el cual la abundancia encuentra nuevos destinos.
Para quien no tiene, la prueba es más silenciosa y más profunda. No consiste en resignarse, sino en confiar sin endurecer el corazón. La cábala llama a esto bitajón: una confianza activa, viva, que sostiene el alma aun cuando los sentidos gritan escasez. Quien confía de este modo expande su vasija interior y se prepara para recibir lo que aún no ve.
La abundancia no comienza en las manos, sino en la conciencia. Cuando el corazón se llena de gratitud, incluso antes del milagro, la Luz encuentra dónde posarse. Entonces lo poco deja de ser poco, y lo insuficiente se transforma en plenitud.
Así, la verdadera enseñanza es clara y firme: la fe calma, el compartir multiplica y la confianza abre caminos donde antes solo había límite.
Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,34-44):
En aquel tiempo, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.
Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle: «Estamos en despoblado, y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer.»
Él les replicó: «Dadles vosotros de comer.»
Ellos le preguntaron: «¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?»
Él les dijo: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver.»
Cuando lo averiguaron le dijeron: «Cinco, y dos peces.»
Él les mandó que hicieran recostarse a la gente sobre la hierba en grupos. Ellos se acomodaron por grupos de ciento y de cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces. Los que comieron eran cinco mil hombres.
Palabra del Señor.