Jesús nos enseña que lo primero es hacer el bien, porque esa es la voluntad de Dios.

Por eso, discierne al tomar cada decisión y busca siempre cuál es la voluntad de Dios, haciéndote partícipe de su misericordia.

Haz el bien y no mires a quién.

Lo correcto será siempre hacer el bien y hacerlo todo con amor.

Haz el bien siempre

Haz el bien siempre: esa es la enseñanza que atraviesa el mensaje y que Jesús revela con claridad. Antes que la norma, antes que la costumbre, antes que cualquier estructura humana, está el bien. Porque el bien no es una excepción: es la expresión más pura de la voluntad de Dios manifestándose en el mundo.

Desde la sabiduría de la cábala, hacer el bien es permitir que la luz fluya sin obstrucción. Es actuar desde Jésed, el amor que se expande, y no quedar atrapados en el rigor del Din cuando este se separa de la misericordia. La gran enseñanza es clara: por encima de cualquier norma está el hacer el bien, porque la norma existe para custodiar la vida, no para sofocarla.

Jesús nos conduce hacia Tiferet, el punto de equilibrio donde la justicia se une con la compasión. Allí comprendemos que discernir no es endurecer el corazón, sino elegir conscientemente el bien en cada situación. Cuando el bien se posterga, la luz se contrae; cuando el bien se realiza, el mundo se repara. Eso es tikún: restaurar lo que estaba seco, devolver movimiento a lo que había quedado inmóvil.

Si Dios habita en cada uno de nosotros, entonces el bien al prójimo es el bien a Dios mismo. Cada acto de misericordia libera chispas de luz, acerca la Shejiná y transforma la realidad. Por eso, haz el bien siempre, sin condiciones y sin excusas.

Eso es lo que quiere Dios: que su presencia se haga visible a través de nuestras acciones, que el amor se vuelva concreto y que la vida, en todas sus formas, sea defendida y honrada.

Lectura del santo evangelio según san Marcos (3,1-6):

En aquel tiempo, entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo.
Jesús le dijo al que tenía la parálisis: «Levántate y ponte ahí en medio.»
Y a ellos les preguntó: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?»
Se quedaron callados. Echando en torno una mirada de ira, y dolido de su obstinación, le dijo al hombre: «Extiende el brazo.»
Lo extendió y quedó restablecido.
En cuanto salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él.

Palabra del Señor.