
Alégrate y da gracias a Dios en todo lugar y en todo momento, porque todo lo que sucede también obra bajo su voluntad.
Permanece en el amor de Jesús para vivir con alegría y plenitud; siente el amor de Dios habitando en tu corazón.
Todos los días, al comenzar tu jornada, repite al menos 10 veces: “Jesús, yo confío en ti”.
Lectura del santo evangelio según san Juan (15,9-11):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».
Palabra del Señor.
Permanecer en el amor
Jesús nos revela que la verdadera alegría no nace de las cosas del mundo, sino de permanecer unidos al amor de Dios. Cuando Él dice: «Permanezcan en mi amor», está mostrando un camino espiritual profundo, un estado del alma donde el corazón deja de resistirse a la voluntad divina y aprende a vivir en comunión con el Creador.
La cábala enseña que el ser humano sufre porque vive desconectado de la Luz. Buscamos plenitud en lo pasajero, mientras el alma anhela regresar a su origen: la presencia de Dios. Por eso Jesús no solo vino a enseñarnos mandamientos, sino a enseñarnos cómo habitar nuevamente en el amor del Padre.
Permanecer en el amor significa vivir conscientes de Dios en cada pensamiento, palabra y acción. Significa confiar incluso en medio de la prueba, comprendiendo que toda situación trae consigo una oportunidad de transformación espiritual y de tikkun del alma.
La alegría de la que habla Jesús no es una emoción momentánea; es una luz interior que permanece aun en la oscuridad. Es la paz de quien comprende que Dios nunca abandona a sus hijos y que todo obra para acercarnos más a Él.
Cuando repetimos con fe: «Jesús, yo confío en ti», el corazón comienza a abrirse a esa Luz divina. Poco a poco, el miedo se transforma en esperanza, la ansiedad en paz y la tristeza en plenitud. Entonces el alma empieza a recordar quién es realmente: una chispa del amor de Dios llamada a regresar a Él.