
Jesús nos pide ser coherentes con sus enseñanzas en nuestra vida diaria, no para que otros nos vean, sino para vivir en el Reino de Dios.
Nos enseña a servir a los demás sin esperar nada a cambio, porque es Dios quien recompensa.
Por eso, es mejor hacer el bien, para recibir el bien y para que nuestras oraciones sean escuchadas.
Seamos coherentes y vivamos en el amor.
Solo quien se vacía puede ser lleno por el Cielo
La vida espiritual no es una escena, es un santuario. No se construye hacia afuera, sino hacia adentro. El alma que ha comprendido esto deja de buscar altura en los hombres y comienza a buscar profundidad en Dios.
En la sabiduría de la cábala entendemos que el Creador es el Ein Sof, la Fuente infinita de toda luz. Ningún hombre es origen; todos somos canales. Cuando alguien se deja llamar “maestro” como si la sabiduría naciera de sí mismo, corta el flujo. Se apropia de lo que solo le fue confiado. Porque la Jojmá —la sabiduría— no pertenece al recipiente, sino a la Luz que lo llena.
Por eso no conviene aferrarse a títulos que inflan el ego. El verdadero maestro sabe que no enseña desde sí, sino desde lo alto. Es un conducto. Si el conducto se cree la fuente, se obstruye.
Del mismo modo, no llamar “padre” en sentido absoluto es reconocer que solo Uno es el origen verdadero de toda vida. En cábala, la sefirá de Kéter representa la voluntad suprema, la corona que está sobre todo. Ningún hombre ocupa ese lugar. Honrar a quienes nos formaron es justo; absolutizarlos es olvidar que todo desciende del Creador. Cuando elevamos a un hombre por encima de lo que es, desplazamos internamente al Único que debe reinar.
Dios todo lo ve. No solo las obras visibles, sino la intención que las sostiene. Él observa el movimiento secreto del corazón. La humildad auténtica no necesita testigos; el ego sí. Y el ego es el velo que separa al alma de su tikún.
Quien se enaltece será humillado porque el universo espiritual funciona por equivalencia de forma. La Luz solo reposa en el recipiente que tiene espacio para recibirla. El orgullo llena el recipiente de sí mismo; no deja lugar para la Shejiná. Entonces la vida misma se encarga de vaciarlo. No como castigo, sino como corrección. La humillación es el desmantelamiento del falso yo.
En cambio, quien se humilla será enaltecido porque ha comprendido el secreto del Tzimtzum: contraerse para que la Luz pueda habitar. El que reconoce su pequeñez crea espacio interior. Y en ese espacio desciende la grandeza verdadera, que no es fama ni reconocimiento humano, sino expansión del alma.
La jerarquía del Cielo no se mide por aplausos, sino por transparencia. El más grande es el que más deja pasar la Luz sin apropiársela. El más elevado es el que menos peso tiene de sí mismo.
Vivir así es recordar que Dios está sobre cualquier hombre. Que toda autoridad es delegada. Que toda palabra sabia es prestada. Que toda paternidad humana es reflejo de una Paternidad eterna.
El alma que comprende esto deja de competir por tronos y comienza a servir. Y en el servicio encuentra su verdadera altura.
Porque en el Reino espiritual, subir es descender al propio interior, y reinar es arrodillarse ante el Único Rey.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,1-12):
En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a los discípulos, diciendo:
«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen.
Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Palabra del Señor.
La verdadera grandeza está en la humildad
Jesús nos advierte sobre la incoherencia de quienes enseñan la ley, pero no la viven. En Mateo 23,1-12, nos dice que no busquemos los primeros lugares ni los títulos honoríficos, sino que nos hagamos servidores de los demás, porque «el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Desde la perspectiva de la cábala, la humildad no es debilidad, sino un canal para recibir la Luz divina. En la enseñanza del Tikkun Olam (la corrección del mundo), se nos recuerda que nuestro propósito es transformar nuestro ego y conectarnos con la verdadera esencia del Creador. El orgullo y la búsqueda de reconocimiento nos desconectan de la fuente de bendición, mientras que la humildad nos alinea con el flujo divino de abundancia y misericordia.
El Zohar nos enseña que la luz solo puede llenar un recipiente vacío. Si nuestro corazón está lleno de orgullo y autosuficiencia, no queda espacio para la presencia de Dios. Jesús, con su vida y enseñanzas, nos muestra el camino de la verdadera grandeza: servir a los demás sin esperar recompensa y actuar con coherencia en nuestra relación con Dios y con el prójimo.
Cuando nos despojamos del deseo de ser exaltados y reconocidos, abrimos la puerta a una conexión más profunda con Dios. La cábala nos recuerda que el universo responde a nuestras acciones con la ley espiritual de «medida por medida». Si buscamos engrandecernos, nuestra propia soberbia nos hará caer; pero si elegimos la humildad y el servicio, seremos elevados en el momento correcto, según la voluntad divina.
Así que, en lugar de buscar los primeros puestos, busquemos la luz del Creador a través de la humildad y el amor. Porque en el Reino de Dios, la verdadera grandeza se encuentra en servir.
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