
La compasión de Dios nos revela el amor del Padre, que todo lo puede y obra milagros en nuestra vida cuando acudimos a Él con fe.
Tan solo debemos acercarnos a Dios por medio de Jesús, confiando en su misericordia y en su infinito amor.
Pidamos entonces a nuestro Padre celestial, a través de Jesús, que sane nuestro corazón y nos libre de toda soberbia, codicia y falta de amor.
Que la paz que el Señor Jesucristo nos trae llene tu corazón de armonía, esperanza y amor.
Para Dios, todo es posible
Hay una enseñanza que conviene grabar en el corazón antes de pedir cualquier cosa: ningún milagro ocurre afuera si antes no ha comenzado adentro.
Dios es amor, y su voluntad no es alejarnos del bien, sino conducirnos hacia la plenitud. Pero aquí está la lección que muchas veces olvidamos: esperamos que la transformación llegue desde afuera, sin permitir que antes algo se mueva dentro de nosotros. Y no funciona así. Nunca funcionó así.
Todo milagro empieza con un querer verdadero.
No alcanza con desear, de manera superficial, que las circunstancias cambien. El querer auténtico nace cuando la conciencia, el corazón y la voluntad apuntan en una misma dirección. Es una decisión interior que deja de fabricar excusas y empieza a abrir espacio para algo nuevo.
La cábala lo dice con claridad: el deseo es el recipiente de la Luz. Pero ese recipiente solo se llena cuando la intención es real. La Luz no falta nunca; lo que cambia es nuestra capacidad de recibirla.
Por eso, antes de preguntarnos qué queremos obtener, quizá la pregunta sea otra: ¿qué estamos dispuestos a transformar en nosotros para poder recibirlo?
Pedimos paz mientras alimentamos el resentimiento. Pedimos prosperidad mientras vivimos desde el miedo. Pedimos amor con el corazón cerrado. El milagro no es solo que Dios cambie lo de afuera; es permitir que su amor transforme primero lo de adentro.
Cuando el querer es sincero y la intención es limpia, algo empieza a ordenarse por dentro. Y cuando el interior encuentra armonía, lo de afuera empieza a responder de maneras que antes parecían imposibles.
Dios nunca deja de amar ni de derramar su Luz. La pregunta verdadera es otra: ¿tu corazón ya se volvió un recipiente dispuesto a recibirla?
Lectura del santo evangelio según san Mateo (8,1-4):
En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.
En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme.»
Extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero, queda limpio.»
Y en seguida quedó limpio de la lepra.
Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés.»
Palabra del Señor.