¿Crees en Dios como tu Padre del Cielo, que todo lo provee, todo lo ve y gobierna sobre tu vida?

¿Crees que es Dios quien permite cada suceso en tu vida y aceptas que todo es para bien?

¿Crees en Jesús, que ha venido al mundo para enseñarte a vivir con fe?

Si así lo crees, vive de acuerdo con la palabra de Dios, proclamando el Evangelio y viviendo en armonía con la creación.

Son tus acciones las que revelan si verdaderamente caminas en una vida de fe.

Lectura del santo evangelio según san Marcos (16,9-15):

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.
Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.
Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo.
También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.
Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.
Y les dijo:
«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».

Palabra del Señor.

 

La fe que se hace camino

Hay un misterio profundo en creer, porque no basta con decir “creo”; la fe verdadera desciende del pensamiento al acto, del deseo a la vida.

En la enseñanza que contemplamos, Jesús no se presenta solo como quien resucita, sino como quien insiste. Insiste en aparecer, en mostrarse, en revelar la verdad… incluso cuando el corazón del hombre duda, incluso cuando la mente se resiste a creer. Porque la incredulidad no es falta de evidencia, sino un velo en el alma que impide reconocer la Luz cuando ya está presente.

Cristo viene una y otra vez a nuestro encuentro. Se manifiesta en lo cotidiano, en lo invisible, en lo inesperado. Pero el hombre, atrapado en su propia lógica, muchas veces no lo reconoce. Y aun así, Él no se detiene.

Aquí se revela un principio espiritual: la misericordia de Dios es mayor que la dureza del corazón humano.

Pero Jesús no se queda solo en revelarse. Él envía.
El encuentro con Cristo no es el final del camino, es el comienzo de una misión.

Quien verdaderamente cree, no puede quedarse en silencio. La fe auténtica se expande, se comunica, se encarna en palabras y en obras. Proclamar el Evangelio no es solo hablar de Dios, es vivir de tal forma que la vida misma se convierta en testimonio.

Desde una mirada más profunda, la fe es alineación: cuando el alma, el pensamiento y la acción se ordenan bajo la voluntad del Creador. Es ahí donde el hombre deja de resistirse a lo que es y comienza a fluir con el propósito divino.

Jesús nos enseña que creer no es aceptar una idea, sino asumir una transformación.
Y esa transformación se prueba en el movimiento: en cómo hablas, en cómo actúas, en cómo respondes a la vida.

Porque al final, no es lo que dices creer lo que define tu fe,
sino la forma en que decides vivir.