¿Por qué te afanas por lo material, si todo en esta vida es pasajero?
Recuerda que solo una cosa es verdaderamente importante: la vida eterna.

«El que tenga oídos para oír, que oiga».
Los secretos del Reino de los Cielos se revelan a quienes entregan su vida a Dios.
Por eso, recibe y sigue a Jesús, tu Señor, escuchando Su Palabra y poniéndola en práctica.

¿En qué fijas tu atención?
¿En el Reino de los Cielos o en los afanes de esta vida?

 

El alma no vino a lograr, vino a cumplir

El alma no desciende a este mundo para acumular, ni para asegurar resultados visibles. Desciende con una misión silenciosa, con un tikkun inscrito desde lo alto. La cábala enseña que antes de nacer, el alma recibe un camino, un tiempo y unas circunstancias precisas. Nada es azar. Ni la abundancia ni la carencia llegan por capricho; ambas obedecen a leyes espirituales que solo el Creador gobierna.

Por eso, el afán desmedido por lo material no fortalece el alma, la dispersa. Cuando la conciencia se fija únicamente en lo que se posee o se desea poseer, se pierde de vista lo esencial: la corrección interior. La emunah verdadera no consiste en esperar recompensas, sino en caminar con fidelidad aun cuando los resultados no coinciden con las expectativas humanas.

El esfuerzo tiene su lugar, pero no es soberano. El hombre trabaja, decide y actúa, pero el desenlace pertenece a Dios. En términos de cábala, el ser humano prepara el recipiente (kli), pero la luz (or) desciende solo cuando y como el Creador lo dispone. Por eso hay quienes trabajan sin ver fruto inmediato y otros reciben sin haberlo buscado. Ambos están dentro de un orden más alto.

Cuando el alma acepta este principio, algo se ordena en su interior. El camino se fortalece porque deja de haber resistencia contra el decreto divino. La fe se eleva porque ya no depende de lo que se ve, sino de lo que se confía. Y el triunfo deja de ser una duda, porque ya no se mide por éxito o fracaso, sino por fidelidad al propósito.

La vida eterna comienza cuando el alma comprende que no vino a conquistar el mundo, sino a alinearse con la voluntad de Dios. Allí, en esa escucha profunda, la palabra encuentra buena tierra. Y cuando el alma vive según los principios divinos, incluso lo material ocupa su lugar correcto: ni ídolo ni enemigo, solo instrumento.

Quien entiende esto camina en paz. Porque sabe que cumplir es más alto que lograr, y que todo lo demás se acomoda cuando el alma permanece fiel a su misión.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (4,1-20):

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y el gentío se quedó en la orilla.
Les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar: «Escuchad: Salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno.»
Y añadió: «El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas.
Él les dijo: «A vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que, por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen.»»
Y añadió: «¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso; al escucharla, la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, en seguida sucumben. Hay otros que reciben la simiente entre zarzas; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno.»

Palabra del Señor.

 

En el Evangelio de Marcos (4,1-20), Jesús comparte la poderosa parábola del sembrador, transmitiendo un mensaje profundo sobre la verdadera esencia de la vida. En medio de la narrativa, resuena una exhortación impactante: «El que tenga oídos para oír, que oiga.» ¿Estamos realmente prestando atención al mensaje que Jesús nos quiere comunicar?

Jesús nos invita a reflexionar sobre nuestras prioridades y a cuestionarnos: ¿Por qué nos afanamos por lo material cuando todo en esta vida es pasajero? Enfócate en lo esencial: la vida eterna. La parábola del sembrador revela que el secreto del Reino de los Cielos se desvela a aquellos que entregan su vida a Dios.

««El que tenga oídos para oír, que oiga.»» Estas palabras resuenan como un llamado urgente a abrir nuestro corazón a la verdad divina. Aquellos que se entregan a Dios, escuchando y aplicando Su palabra, descubren los secretos del Reino. ¿Estamos dispuestos a ser receptivos a este llamado?

Te invito a cuestionarte: ¿Dónde fijas tu atención en esta vida? ¿En los afanes temporales o en la búsqueda del Reino de los Cielos? La parábola nos impulsa a reflexionar sobre nuestras prioridades y a recordar que todo en esta vida es efímero. ¿Estamos sembrando en la buena tierra, es decir, en la espiritualidad que perdura?

La parábola nos enseña que llevar una vida espiritual implica sembrar esa misma espiritualidad en nuestro ser. Aunque vivimos en un mundo de acción, donde perseguimos nuestros anhelos y trabajamos, es esencial recordar que todo debe estar alineado con la voluntad de Dios. «Buscad primero el reino de Dios que todo viene por añadidura.»

En nuestra travesía terrenal, recordemos que todo es pasajero. La parábola del sembrador nos guía a sembrar la semilla de la espiritualidad, priorizando la vida eterna sobre lo efímero. Al hacer la voluntad de Dios, encontramos el camino hacia el Reino de los Cielos, llevando una vida que trasciende el tiempo y abraza la eternidad.

Reflexiona sobre tus prioridades y el enfoque de tu vida. ¿Estás sembrando en la buena tierra, en el Reino de los Cielos, o te afanas por lo pasajero? Que esta parábola sea una guía para cultivar una vida centrada en la eternidad y en la voluntad divina.

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