Jesús vino al mundo para entregarnos la paz a través de sus enseñanzas, que sanan el corazón y revelan el poder y el amor de Dios. Nos instruye con el testimonio de su propia vida, para que también nosotros seamos reflejo vivo de ese amor.

La paz de Jesús es la interiorización de la fe: un estado del alma que aprende a reconocer la bondad de Dios en cada acontecimiento, en todo tiempo y en toda circunstancia.

Que no se turbe tu corazón ni se acobarde; recuerda siempre que todo obra para bien.

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,27-31a):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.
Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mi, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo yo».

Palabra del Señor.

 

 

La paz que desciende desde lo Alto

Jesús nos revela una paz que no pertenece al ruido ni a las circunstancias del mundo, sino a una dimensión más profunda del alma, donde la presencia de Dios habita en silencio. «La paz les dejo, mi paz les doy; no como la da el mundo». En esta enseñanza, el Maestro nos invita a entrar en un estado interior donde la fe deja de ser idea y se convierte en conciencia viva.

Desde la sabiduría de la cábala, esta paz puede comprenderse como una alineación del alma con la voluntad divina, un orden interno donde lo fragmentado comienza a unificarse. El corazón, que muchas veces percibe caos, aprende a ver propósito; lo que parecía ruptura se revela como parte de una arquitectura espiritual más alta.

Cuando Jesús dice: «No se turbe su corazón ni tenga miedo», no está negando la dificultad del mundo, sino elevando la mirada del alma para que no quede atrapada en la apariencia. El temor nace cuando la conciencia se desconecta de la fuente; pero cuando el alma recuerda a Dios, incluso en medio de la incertidumbre, se restablece la paz.

Esta paz no es pasividad, es certeza. No es ausencia de pruebas, es presencia de Dios en ellas. Es el fruto de un corazón que ha aprendido a confiar más en lo invisible que en lo visible.

En términos de la cábala, podríamos decir que el alma entra en un proceso de rectificación, donde cada experiencia —incluso la que duele— se transforma en una oportunidad de elevación. Así, la vida deja de ser una sucesión de eventos y se convierte en un camino consciente de retorno.

Jesús no solo promete paz: Él mismo es el canal de esa paz. Y quien camina en su enseñanza, comienza a habitar en una realidad distinta, donde el corazón descansa no porque todo esté resuelto, sino porque ha aprendido a permanecer en Dios.

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